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COMO EN COLOMBIA TODO SE HAce al contrario de lo que debe ser, no me sorprende que desde la Fiscalía estén chuzando teléfonos de personas que no tienen antecedentes penales y en cambio sí están ejerciendo como generadoras de opinión, como periodistas, como defensores de los Derechos Humanos.
Les están buscando la forma de llamarlos “terroristas”. Palabra que acuñó este gobierno principalmente para denominar a la oposición. Tal vez a Clara López la chuzan por decir que existen los paramilitares, por destapar lo de los muchachos de Soacha, que se los llevaron para volverlos falsos positivos; por ser respetuosa con los indígenas y no dejar que les pusieran policías antimotines a vigilarlos cuando llegaron a Bogotá, sino que más bien estuvieran acompañados por mujeres policías.
Pero, ¿qué pasa con el Fiscal General? ¿Está también metido en ese jueguito y se hace el songo sorongo? ¿O es que se les salen de sus manos sus funcionarios? De pronto se necesita que vuelva el famoso “brujo” a ver si pone orden y deja de existir esa desmembración entre la cabeza de la Fiscalía y los fiscales a sus órdenes.
Qué tal el fiscal que quería la base de datos de todos los estudiantes de algunas universidades públicas de Bogotá, porque dizque había infiltración de terroristas. Primero es una violación al derecho a la intimidad y a la protección de la información personal y segundo, no menos importante: una soberana estupidez. ¿Por qué no pedir a cada universidad la información puntual sobre cada supuesto sospechoso, si es que los hay? Pero muy rápidamente en la Fiscalía enmendaron esa metida de pata chuzando al decano de economía de la Universidad de los Andes. La Fiscalía debería estar más concentrada en cosas de verdad serias, como qué está pasando con DMG, cuánta gente anda metida en ese jueguito sucio, quiénes son, y preparándose para acusarlos. ¿O es que, al contrario, tiene orden de enredar, enredar y enredar?
Por otro lado, en este país de contrastes fue muy conmovedor ver la recolección de alimentos para los damnificados de la tragedia invernal y del volcán que, desgraciadamente, ya van llegando al millón. En todo el país, la gente donó cosas al alcance de su bolsillo, simplemente por el hecho de ayudar a un hermano colombiano. Gente en muchos casos muy humilde y pobre. Quiero creer que esa es la Colombia verdadera: la de gente buena con ganas de ayudar; la de los miles de profesionales o especialistas en un oficio, o campesinos, que trabajan duro, para sacar adelante a sus familias, con todas las trabas y dificultades que impone este país. Que llegan, por su propio esfuerzo, sin palancas, a hacer empresa y desde allí ejercen su profesión con dignidad y dando ejemplo; que no se dejan influenciar por la cultura mafiosa que estamos llevando a cuestas desde los ochenta, de plata rápida, de venganzas y muertes. Cultura de la cual se apropian, tristemente, los jóvenes, arrastrados por la moda.
Algún día la gente buena de Colombia, que la hay y mucha (que yo admiro y que en este momento no tiene mucha cabida en esta sociedad descompuesta), llegará a imponerse a base de trabajo, decencia y civilidad. No pierdo la esperanza de volver a ver una Colombia así, de gente limpia, que no esté involucrada con las diferentes mafias perniciosas que administran el país.