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“LOS PERIODISTAS NO SOMOS LOS dueños de la moral”, dice un arrepentido Guillermo Díaz Salamanca, luego de reconocer que había trabajado para DMG y de darse golpes de pecho por haberse “sobrepasado” en sus críticas y burlas a miembros del Gobierno.
Hay que darle la razón: desde hace meses, los medios vienen denunciando las anomalías de DMG, sin que su mensaje haya tenido resonancia en el Gobierno o los ciudadanos. Entonces ¿quién es dueño de la moral?, ¿quién nos dice qué está bien y qué está mal? Definitivamente tiene que haber alguno, pues de un momento para otro, DMG pasó de ser una empresa legal que pagaba IVA, a la representación en la tierra de “la cultura mafiosa”.
El punto de quiebre, cuando se establecieron las líneas morales sobre las cuales hoy algunos juzgan y otros se arrepienten, tuvo lugar en la segunda semana de noviembre, cuando el presidente Uribe tomó cartas en el asunto. Declaró el estado de conmoción social, destituyó al superintendente financiero, intervino a DMG y capturó a David Murcia.
La crisis de DMG lleva a pensar que el dueño de la moral en Colombia se llama Álvaro Uribe. Aunque tiendo a pensar que es positivo que Dios se vea despojado de tales atribuciones, falta ver en manos de quién recaen y cómo las utiliza. En el caso de Uribe, sus atribuciones de dueño de la moral recurrentemente delimitan quién es un criminal y quién un ciudadano de bien. Así lo expresó en el consejo comunal de esta semana en Chachagüí, Nariño, donde dijo que como presidente siempre ha hecho “una diferencia entre los criminales y la comunidad”.
Para muchos, esta atribución es de entrada inaceptable. Su argumento principal es que los únicos que pueden juzgar si alguien es criminal o no son los jueces de la República. Yo diría que el poder de juzgar que Uribe se atribuye, en tanto que es moral y no jurídico, es un poder legítimo para un líder dentro de una sociedad.
Falta ahora ver cuál es el criterio según el cual el Presidente pone los criminales en un lado y a los ciudadanos en otro. Al revisar, se encuentra con que en un lado están el ex general Rito Alejo del Río, el ex director de DAS Jorge Noguera, alias Rojas y alias Isaza, y en el otro, los estudiantes de universidades públicas, los indígenas y las organizaciones de derechos humanos. Los primeros son, según Uribe, ciudadanos de bien, mientras que los segundos son promotores del terrorismo, es decir, criminales.
Por fortuna, Uribe es el dueño de la moral pero no el de la ley. De hecho, varias de sus apreciaciones morales han sido contradichas por los jueces e investigadores, como en los casos Del Río y Noguera y en el caso de los indígenas y las organizaciones de derechos humanos (que no han sido condenados por ningún crimen). Pero queda la pregunta: ¿Por qué sigue siendo Uribe el dueño de la moral si su criterio es defectuoso?
Me atrevo a ofrecer cuatro respuestas alternativas. Primero, la tesis freudiana: Uribe fue el primero en hacerse dueño de la moral, y ante la necesidad de una figura paterna nos contentamos con el que nos tocó. Segundo, la tesis recriminativa: Uribe es sólo un reflejo de la decadencia moral de los colombianos. Tercero, la tesis apocalíptica: la pérdida de fe en Dios o la fe creciente de que no existe. Cuarto, la tesis optimista: a Uribe le va a pasar como a los curas, eventualmente nos aburrirá.