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Fue un espejismo. No fue el fin de la historia, como lo dijo Francis Fukuyama, ni el inicio de un mundo gobernado por un Estados Unidos todopoderoso. Quizás ni fue el fin de la Guerra Fría. Y es que los fantasmas de 1989 han regresado de la mano de una nueva disputa entre Estados Unidos y Rusia y de las duras palabras del presidente estadounidense Barack Obama: «En un mundo que ha dejado atrás la era de los imperios, vemos cómo Rusia intenta recuperar su gloria pasada por la fuerza», dijo el primer mandatario durante la cumbre de las Naciones Unidas, en Nueva York.
«Si Rusia sigue interfiriendo en los asuntos de sus vecinos», sostuvo Obama, va a hacer «menos seguras sus fronteras». Lo dijo en referencia a Ucrania y Siria, dos conflictos en los que Rusia ha tenido un rol clave. Palabras algo curiosas si se tiene en cuenta el papel que Estados Unidos ha tenido en estas mismas guerras. Apenas hace una semana, ambas naciones acordaron una tregua en Siria para permitir la entrada de ayudas humanitarias. El cese fue, al final, un fracaso. Y ambos gobiernos no hicieron sino echarse la culpa por lo ocurrido.
Hasta llegar a un punto muerto después de que Estados Unidos acabara con la vida de 60 soldados del ejército sirio, supuestamente, al confundirlos con miembros del Estado Islámico. Washington tuvo que salir a ofrecer disculpas. Pero para Moscú su arrepentimiento no fue suficiente. Rusia convocó a una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, que no fue otra cosa que una pelea entre los delegados de Estados Unidos y Rusia. Y con el resto de delegados como espectadores de lujo.
Algo similar, aunque con sus diferencias, ha ocurrido en Ucrania, donde Estados Unidos y Rusia se enfrentan, calladamente, desde que la región de Crimea decidió separarse de Ucrania y unirse a Rusia. Desde entonces se ha dado una guerra de baja intensidad entre el gobierno ucraniano, apoyado por Estados Unidos y la Unión Europea, y los separatistas, apoyados por Rusia, en Crimea y otras regiones como Donbass, fronteriza con Rusia. La pelea se ha reactivado recientemente debido a las medidas anunciadas por el Parlamento de Ucrania para impedir que los habitantes de Crimea participaran en las elecciones legislativas rusas.
Elecciones que, valga decirlo, favorecieron al presidente ruso Vladimir Putin y su partido Rusia Unida. En retrospectiva, lo que en su momento fueron Cuba y Angola, hoy son Ucrania y Siria. Lo que fue la crisis de los misiles, en 1962, se parece, con sus distancias, a la disputa por Ucrania. Y, a su vez, lo que fue la guerra en Angola, en la que Estados Unidos apoyó a la oposición y Rusia al gobierno, se parece a lo que ha ocurrido en Siria, donde Rusia ha apoyado al gobierno de Bashar Al Assad y Estados Unidos a los rebeldes sirios.
Es, en resumen, la constante de lo que ha sido la disputa entre ambas Naciones: nunca combatir en sus territorios sino, en cambio, hacerlo en el de un tercer país. Brutal fórmula. Pero la pelea no se ha circunscrito al campo de batalla. Como si fueran los 70, Rusia se ha vuelto protagonista de las elecciones en Estados Unidos. Primero, por cuenta de las revelaciones, por parte de hackers rusos, de documentos que pusieron en jaque a la campaña de Hillary Clinton, al demostrarse que el Partido Demócrata boicoteó la campaña de su entonces rival, el senador Bernie Sanders, para que ella saliera elegida como candidata.
Y, segundo, por los coqueteos que ha habido entre Vladimir Putin y el candidato republicano Donald Trump. Ambos se han mostrado de acuerdo en temas tan importantes como el libre comercio y, hay que decirlo, si Trump sale elegido uno de los mayores beneficiarios va a ser Rusia, debido a que el republicano ha dicho que va a acabar con varios tratados comerciales con algunos importantes socios de los Estados Unidos, como China, que son, a su vez, rivales de Rusia. En paralelo, Trump ha dicho que, de ser elegido, se va a acercar al Kremlin.
Es muy probable que las palabras de Obama sean ciertas y que Rusia esté tratando de recuperar su grandeza recurriendo al uso de la fuerza, como también es cierto que Estados Unidos tiene sus propios intereses en Medio Oriente y está actuando conforme a ellos. No es que la Guerra Fría se haya acabado, es que la disolución de la Unión Soviética creó un espejismo que empieza a desbatarse en un mundo que -es evidente- se ha vuelto multipolar y en el que ninguna potencia tiene el poder suficiente para controlarlo todo.
Mientras Estados Unidos y Rusia se enfrentan, una Unión Europea debilitada por su divorcio con el Reino Unido, trata de no desaparecer; China, por su parte, asiste como espectador de lujo a todas estas discusiones, mientras en su propio patio lidia con sus propios problemas; lo mismo ocurre con Japón, la otra potencia, económica, en su caso. Y, mientras tanto, otros países aspirantes a disputar el poder, como India y Pakistán, miran expectantes. Algunos, como Turquía, pescan impunemente en río revuelto. Al resto de países pareciera que no les queda sino el triste destino de ser el escenario de las disputas que se generen entre estas potencias. El mundo no ha cambiado tanto en 27 años.