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Esa estatua que ha construido Europa tiene que ver con la que recibe a quienes llegan por barco a Nueva York, regalo francés, por cierto. Incluso Bush hijo, con su negra estela respecto a los derechos humanos, cuando llega a Europa consigue proyectarse como un libertador, como mínimo, de una parte del continente.
Bush quiere aparecer como el presidente que dio el mayor impulso de la historia a la OTAN. Por eso este viaje es importante. La última visita del mandatario estadounidense, antes de finalizar su presidencia, quiere ser de resumen y legado. Todo quedó dicho en el primero en 2001: empezó por Madrid y con Aznar. En el de la despedida, que comenzó esta semana en Kiev y culmina este domingo en Moscú, ha querido atar bien esta herencia y aparecer como el presidente que dio el mayor impulso de la historia a la Alianza Atlántica hasta cercar a Rusia y dejarla sola como único país no atlantista en el mar Negro.
Con Bill Clinton sólo se integraron tres países del antiguo Pacto de Varsovia. Con Bush ya van siete, que se convertirán probablemente en diez estos días, aunque él quisiera que fueran doce con Ucrania y Georgia. Todos estos nuevos socios, la auténtica Nueva Europa de Donald Rumsfeld, apoyan a ciegas el agotamiento de la maniobra. Pero casi toda la Vieja Europa está en contra, empezando, paradojas de la vida, por esos dos nuevos aliados tan simpáticos, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy, que sucedieron a los incordios de Gerhard Schroeder y Jacques Chirac.
El esquema que viene aplicando Estados Unidos con la OTAN es tan eficaz como conceptualmente preocu pante. Se trata de que los países salidos de aquella cárcel de los pueblos vayan acogiéndose, primero al paraguas defensivo de Estados Unidos y poco después abran sus economías y sus sociedades al mercado único europeo.
La OTAN ha ido siempre varios pasos por delante de la Unión Europea, con un objetivo político que levanta las susceptibilidades rusas por el mero hecho de escuchar su enunciado: garantizar la independencia y la soberanía de unos países que desconfían en sus vísceras del gran vecino ruso.
Los soldados norteamericanos enterrados en los campos de Francia y Alemania son los que alientan esta visión tan eficaz todavía de un presidente libertador de Europa, que termina coincidiendo con el que libra la Guerra Global contra el Terror, en Irak o en Afganistán. Pero este esquema, que sale de la guerra fría y regresa a otra guerra fría, aunque se nutre de las leyendas del antinazismo, no vale para los europeos, sea Sarkozy o sea Merkel, y no resuelve sus necesidades de seguridad y defensa. Al contrario, quizá las complica.
* Director adjunto de El País, de España