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Vendría a ser el primero

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Frecuentemente los líderes políticos se ponen sus propias cadenas, en cuanto hacen propuestas que les conducen a largas y penosas etapas de dedicación a causas que en muchos casos terminan, además, por perderse. Salvo que milagrosamente resulten vencedores en cuanto el mundo gire de tal manera que coincida con los trazos de su jardín.

Desde la época más temprana de la campaña por la candidatura, y luego por la presidencia, Barack Obama insistió en que la aventura de Irak fue una gran equivocación. A lo que agregó sin pausa que los Estados Unidos,  mientras tanto, han descuidado el verdadero campo de batalla contra sus enemigos declarados, que es el de Afganistán.

Como consecuencia de lo anterior, la propuesta que no ha dejado de hacer es la de combinar una salida pronta de territorio iraquí para ir a dar la pelea donde ha debido darse desde hace siete años, esto es en las montañas afganas. Y al ser elegido presidente, este propósito se ha convertido prácticamente en obligación.

Ubicados en esta perspectiva, el nuevo Presidente  ha de tener en cuenta los riesgos que implica el abandono del territorio iraquí. Porque los conflictos tienen su propia dinámica y no es fácil sustraerse de ella sin pagar un precio que puede ser muy alto. Es decir que abandonar un campo de batalla significa por lo general una derrota. Así que salir de Irak, por justo y decente que sea, y por útil que resulte para corregir el error histórico de haberse ido a meter allá, no necesariamente beneficiará a la parte que se retira.

La mejor forma de compensar un movimiento de semejante riesgo y audacia sería una victoria contundente en Afganistán. Pero ahí está el problema. Las victorias en ese escenario son más temporales que en ningún otro lugar del mundo. Ya sabemos de sobra, y es reconocido universalmente, que no ha habido poder extranjero capaz de poner su orden en esa sociedad, en esa geografía y en ese contexto cultural. Los soviéticos y muchos otros pueden dar cuenta de ello.

La estrategia para vencer en una nueva versión de la guerra afgana es muy incierta. No basta con buenas intenciones. No es fácil ganar el alma de un pueblo que hace siglos funciona conforme a parámetros muy alejados de los occidentales y que ha comprobado más bien su capacidad de rechazar cualquier fuerza foránea, así sus líderes de uno u otro momento quieran de verdad construir puentes hacia culturas lejanas en todo sentido.

Y queda además un asunto de gran preocupación: todo parece indicar que Pakistán es la puerta de atrás de entrada al manejo de las guerras afganas. Así lo ha advertido Obama y ha llegado inclusive a denunciar el hecho de que allí, como otrora en otros lugares del mundo, los Estados Unidos cerraron los ojos ante la presencia de un dictador, sobre la base de que les era favorable.

Si a una salida súbita de Irak, entendida por muchos como derrota, siguiese una aventura todavía peor en Afganistán, los Estados Unidos y su flamante nuevo Presidente estarían en el peor de los casos. Muchos de los logros del entusiasmo renovador que han resultado de la victoria demócrata se verían opacados, y con ellos ese ánimo tan necesario para superar otras circunstancias de crisis. Salvo que Obama venga a ser el primer comandante en jefe en vencer en ese lugar inhóspito y enigmático donde todos, sin excepción, han fracasado.

edubaras@yahoo.com

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