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El mensaje de las urnas

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La historia política de Venezuela es más una historia de caudillos que de instituciones. Incluso es más una historia de hombres que una historia de pueblos.

En esto último se asemeja a casi toda América latina. Pero en algunos de nuestros países –México, Colombia, Chile, Uruguay, por ejemplo- hay una mayor impronta institucional que en otros. En general las instituciones son débiles en nuestra América. Por eso registramos un amplio listado de líderes y un amplio listado de guerras.

El siglo XX trajo consigo, al mismo tiempo, una vocación civil y un apego a la democracia formal que sepultaron las guerras civiles decimonónicas. En México, la nueva visión política fue producto de su revolución agraria. En Colombia de la aparición del movimiento republicano y del ingreso de la generación del centenario a la actividad pública. En Chile del régimen parlamentario. En Uruguay del gobierno Batlle, después de años de tensiones y luchas políticas.

Mientras tanto Venezuela presenciaba la muerte violenta del ex presidente Joaquín Crespo y –en medio de amenazas y de bombardeos alemanes, ingleses e italianos sobre Puerto Cabello- transitaba de la victoria militar del general Cipriano Castro sobre otros militares levantados en acciones de guerra, a la dictadura de su hombre de confianza Juan Vicente Gómez, cuyo gobierno personalista duró  hasta 1935.

En Venezuela las expresiones republicanas solo aparecieron en 1960. Sin embargo el balance de su democracia dejó más sombras que luces. Hugo Chávez no es producto del azar, sino del cansancio popular con un dilatado proceso de deterioro político y de corrupción administrativa. Se presentó como personero del cambio, pero imprimió al gobierno el talante militar, que encaja en la vieja tradición caudillista de su país.

Las elecciones del domingo anterior deben enmarcarse dentro del proceso político que se inició con la llegada de Chávez al poder. Su inteligencia política, su personalidad caribe y su capacidad para reinventarse en función de las coyunturas, le han mantenido altos niveles de popularidad. Su propuesta de un socialismo del siglo XXI es gaseosa, pues hasta ahora nadie ha podido definirlo. Pero, en todo caso entusiasmó a amplios sectores populares, condenados a la marginalidad y a la exclusión durante décadas.

El proceso de los últimos años es una muestra de madurez ciudadana. Independientemente del ingrediente pasional y fundamentalista de algunos, en ambos sectores, los venezolanos parecen estar consolidando un camino democrático hacia la búsqueda de si mismos. Los primeros entusiasmos “revolucionarios” daban la impresión de que había más caudillo que país. Pero luego le votaron un “no” mayoritario al presidente en el referendo de 2007, y ahora retoman un hilo en la dirección de los avances sociales impulsados por el gobierno.

El partido del presidente obtuvo casi seis millones y medio de votos, pero la oposición ganó en tres nuevos estados, y en la propia Caracas, incrementando así la presencia política obtenida en las elecciones de 2004. Ahora parece haber más Venezuela que Chávez. Y que oposición, por supuesto. El apoyo al presidente no es incondicional, ni se traslada a sus candidatos. Eso también demuestra que hay más democracia que revolución.

El propio Chávez felicitó a sus compatriotas, incluidos sus opositores, por el éxito de la jornada democrática. Si lee con inteligencia el mensaje de las urnas, debe hacer revisiones en su conducta para reimpulsar una política en el cual quepan todos los venezolanos. Tanto Chávez como la oposición ha transmitido una imagen más serena. Todo indica que, unos y otros, apoyan el traslado de recursos y de competencias del Estado hacia las comunidades. Si eso se hace bien, supone una gigantesca transformación institucional, sin traumatismos.

A lo mejor los venezolanos están aprendiendo que mientras la revolución impone unos criterios con pasión política, la democracia los examina con razón crítica. No impone nada que desconozca los legítimos derechos de las minorías. Su razón de ser es la inclusión del otro. De ser así están demostrando que, como en la conocida frase de Gaitán, el pueblo es superior a sus dirigentes.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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