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El cariño comprado

Andrés Hoyos
25 de noviembre de 2008 – 08:46 p. m.

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DECÍA LA CANCIÓN QUE “EL CARIÑO comprado no sabe querernos ni puede ser fiel”, pero en materia política esos son remilgos del alma: a la hora de ganar reelecciones, el cariño comprado es una bendición de los dioses.

No niego que una reelección delimitada pueda dinamizar la democracia en un país frágil. No obstante, trae considerables bemoles, sobre todo en aquellos estados con chequeras bien forradas y controles precarios.

Partamos de una paradoja extrema: aunque comprar votos es un delito que paga cárcel en cualquier parte del mundo, existe una notable excepción: si se utiliza para ello dinero del Estado. El ejemplo más aberrante del vecindario sucede en Venezuela, donde Chávez en condiciones de igualdad, habría sufrido una derrota aplastante este domingo, pues su gobierno ha fracasado en casi toda la línea. Pero a la hora de la verdad apenas pasó un fuerte susto, del cual quizá podría reponerse. ¿La diferencia? Que el dinero del petróleo le sirvió para sobornar a los electores.

Chávez no se inventó el populismo rampante que ejerce con tanto desparpajo. La teoría proviene, por ejemplo, de Argentina, donde Perón dilapidó en sobornos parecidos la inmensa riqueza acumulada por el país durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la carne se pagaba a cifras astronómicas. Cortemos a 2008: la señora Cristina K. no tiene una chequera parecida a la del cínico general, al que alguna vez le cantaban en coro: “Ladrón o no ladrón, queremos a Perón”. La solución K, por supuesto, no ha consistido en gobernar con frugalidad, sino en apoderarse de una gran chequera a como dé lugar. Al comienzo intentaron echarse al bolsillo la inmensa plusvalía generada por la subida explosiva de los precios de los granos. Lo justo hubiera sido esperar a cobrar el impuesto a la renta, pero éstos toman más de un año en hacerse efectivos, de modo que la dama decidió reindexar a su favor el impuesto directo que ya se cobra a las exportaciones. Cuando hacendados y cultivadores, ayudados por viejos zorros, paralizaron el país y le infligieron al Gobierno una cruel derrota en el Parlamento, la muy maquillada señora K optó por echar mano del capital que habían acumulado los fondos privados de pensiones. Su pretexto fue que había pérdidas en ellos, algo que, apuesto, ya no le importará en lo más mínimo cuando pasen a manos del Estado. La verdadera razón es obvia: un populista sin dinero no puede comprar cariño y tendrá, por ende, una vida política muy corta.

El peligro se agrava allí donde existen regímenes reeleccionistas. Citemos, para no salir del continente, a Ecuador, Perú, Brasil y Colombia. Me dirán que los presidentes brasileños recientes han sido parcos a la hora de comprar cariño. Nadie, sin embargo, garantiza que no les dé la ventolera de excederse en ello, pues el Estado allí se está enriqueciendo a marchas forzadas. En Colombia la cosa quizá no ha llegado al descaro venezolano, pero vaya si circulan platicas clientelistas por ahí.

Un segundo peligro, más grave que el político, es que la compra de votos populista suele tener un sesgo asistencialista extremo. La idea es crear una necesidad permanente en el elector, para que a la vuelta de cuatro años, el plazo más corriente, venda de nuevo su cariño al postor único reeleccionista.

Por eso mismo, el populismo es uno de los caminos más raudos que existen hacia el subdesarrollo. Justo la sabiduría que necesitamos.

andreshoyos@elmalpensante.com

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