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LA DESCOMPOSICIÓN MORAL DE nuestra sociedad no es reciente. Es un proceso antiguo y constante. Basta con recordar el robo de Caldas, el escándalo del Guavio o el Proceso 8.000 para ver que el país ha ido de manera gradual rompiendo todos los diques éticos. Pero en las últimas semanas el hedor de la podredumbre alcanza registros históricos.
Podrida está una sociedad en la que sus Fuerzas Armadas asesinan inocentes para obtener permisos de salida dominicales.
Putrefacta es una sociedad donde miles de ciudadanos quieren hacerse ricos, sin trabajar y de la noche a la mañana.
En descomposición está el país cuando su Congreso tiene el 15 por ciento de sus miembros en prisión. No hay escándalo de este país en el que no estén vinculados algunos miembros del poder legislativo, gobernadores y alcaldes.
Hiede cuando se escuchan rumores sobre miembros de la Fiscalía y la Procuraduría que “asesoran” a quienes ellos mismos deben investigar.
El olor es insoportable cuando carteles de abogados descaradamente construyen argumentos y estructuras para proteger a los bandidos.
La descomposición moral está socavando los cimientos de esta sociedad. En este ambiente de podredumbre los roles se invierten. Quienes codiciosamente querían lucrarse de estructuras oscuras se convierten en “víctimas” de la ley. Envalentonados por el derrumbe moral, exigen que el Gobierno restablezca los negocios ilegales para que ellos puedan seguir beneficiándose de la corrupción.
Todavía hay quienes creen que Colombia es una democracia “blindada” frente al populismo. No comparto esa opinión. La legitimidad de las instituciones está cuestionada por las dudas, los rumores y las sospechas. La sucesión de escándalos ratifica en la opinión pública la idea de que todo es oscuro y que la impunidad es la garantía del corrupto. Creo que fraguamos la pócima que nos llevará al desastre. Estamos igualando los niveles de corrupción que tenían Venezuela y Ecuador antes de Chávez y Correa.
La podredumbre hace posible cualquier escenario político. Nuestros vecinos ya pasaron por esa experiencia. No se puede entender a Chávez o Correa sin analizar el nivel de corrupción que esas sociedades alcanzaron. El populismo tiene su mayor palanca cuando convence a una mayoría de que es hora de que otros tengan también la posibilidad de robar. La verdadera revolución chavista consistió en darle a una élite diferente acceso a la corrupción. El fin de Chávez está cerca pues la caída del petróleo lo deja sin recursos para aceitar el sistema de sobornos y comisiones.
Colombia es un país políticamente vulnerable. No tiene partidos políticos, su sistema judicial es frágil y los poderes públicos están enfrentados. El poder político está paralizado por el debate sobre la reelección. La clase dirigente empresarial preocupada por la crisis económica. Los medios de comunicación se deleitan destapando cada día un escándalo. Todos estos ingredientes contribuyen al coctel explosivo de pérdida de legitimidad. Si a ello se suma el aumento del desempleo, tenemos un panorama de profunda inestabilidad a la vista.
El salto al populismo es posible en Colombia.