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Una triste jornada con final esperanzador

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Bueno, ante todo, debo decir que no soy de lágrima fácil, pero esta historia me llenó de orgullo por el muchacho que ayudé a criar y hoy es un hombre digno y valiente.

Pues bien, resulta que la Brigada Artemisa, cuyo lema es “Neutralidad y solidaridad”, donde participa mi hijo, estaba en Suba el 20 de julio pasado. La lucha era encarnizada y el aire nublado de los lacrimógenos impedía ver con claridad, pero los gritos e imprecaciones daban cuenta del tenso ambiente que se respiraba a través de las mascarillas antigases.

De repente, los hombres de negro con sus trajes acorazados, escudos y armamento “no letal” hicieron un ridículo bailecito burlón e irrumpieron con fuerza contra los muchachos de la brigada, cuya única protección era un casco, una máscara antigás y una voluntad inquebrantable. Ellos estaban en una zona neutral, pendientes de ayudar a los heridos, y ya habían visto caer a varios, incluso atendieron el lamentable caso de un muchacho que, a juzgar por su estado, quedaría ciego por los impactos de los proyectiles en su rostro, al cual habían tenido que llevar en camilla, en medio del fragor de la batalla, durante casi diez cuadras y cargando a cuestas el pesado equipo de primeros auxilios que los brigadistas suelen tener en sus morrales.

De manera que cuando fueron atacados, sin motivo alguno, ya estaban exhaustos, pero se pararon en la raya y dieron la talla. Durante el forcejeo, los de negro se burlaban, los insultaban y los fueron rodeando en formación de tenaza… Querían intimidarlos y los incitaban con palabras subidas de tono para que reaccionaran ante la arremetida. Llegaron incluso al contacto cuerpo a cuerpo; a mi hijo lo empujaron y con el escudo antimotines le aplastaron la máscara contra la nariz… Pasados unos minutos, los ánimos se calmaron. Un herido distrajo la atención y los muchachos lo atendieron. Poco después, los de negro gritaron: “¡Hombre herido!”, y de pronto detuvieron su avanzada. Los chicos de la brigada volvieron la vista y no divisaron a ningún caído entre los jóvenes de la vanguardia, pero al volver la vista notaron que el hombre era uno de los de negro.

Sin dudarlo un instante, atravesaron las líneas hostiles y se dispusieron a atender al caído, mi muchacho lo alzó con facilidad (él mide 1,90 m y es de complexión robusta), lo colocó cuidadosamente en la camilla y, enarbolando la bandera blanca, lo condujeron al campamento. El rostro del hombre estaba cubierto de sangre y expresaba un intenso dolor, pero su mirada revelaba sorpresa y agradecimiento por igual.

Una vez en el sitio seguro, le lavaron la cara y evaluaron la situación. El hombre había sufrido una fuerte pedrada en los dientes (porque tenía el visor levantado) y perdió tres de ellos por el fuerte impacto. Necesitaba sutura y debían contener la hemorragia, pero los muchachos no están autorizados para atenderlo, pues así lo exigen los protocolos con respecto a miembros de la fuerza pública; además su botiquín ya estaba casi vacío y no tenían hilo para suturar. En un abrir y cerrar de ojos, los hombres de la fuerza pública pusieron a su disposición un surtido botiquín, como un detalle de agradecimiento. En el lugar, que había sido un hervidero de gritos, disparos, humo y caos, se podría haber escuchado la caída de un alfiler.

“Muchachos”, dijo el capitán de los armados con la voz ahogada por la emoción, “gracias por la neutralidad. Ustedes nos han dado hoy una lección de paz y grandeza”. Por su parte, los jóvenes de la Primera Línea afirmaron: “De hoy en adelante, ustedes serán nuestra brigada de salud oficial y no queremos que nadie más nos atienda durante las emergencias. Muchas gracias por lo que hicieron”.

Cuando el acre humo de los gases y el eco de las voces se fueron evaporando poco a poco tras la impetuosa jornada, y las personas se dispersaron en busca de un refugio seguro donde continuar con su vida, en las desoladas calles apenas quedó flotando en el aire la vaga sensación de incredulidad y las primeras luces del alba comenzaron a brillar con tímida indecisión ante la esperanza de una nueva oportunidad sobre la Tierra para las estirpes condenadas a 200 años de violencia.

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