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Tener más de 100

En la capital viven 1.305 personas que superan los cien años. Hoy el Distrito les rendirá homenaje.

María del Pilar, Julián y Natividad, tres generaciones rodean a Hermenegilda Suárez. Dominga Martínez, 103 años. Fideligno Mora, 100 años. Teodolindo Pardo, 100 años./ Fotos: Luis Ángel - El Espectador
María del Pilar, Julián y Natividad, tres generaciones rodean a Hermenegilda Suárez. Dominga Martínez, 103 años. Fideligno Mora, 100 años. Teodolindo Pardo, 100 años./ Fotos: Luis Ángel – El Espectador

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Se llama Hermenegilda Suárez. Lo dice y lo repite, casi que lo grita, con un hilo de voz fino e intenso. Se llama Hermenegilda Suárez y su mamita se llamaba Tomasa Suárez y ambas nacieron en una vereda de Rrrrrráquira. Y tiene 70 años… No. ¡Tiene 170 años…! Todos se ríen y ella mira hacia ningún lado, y acto seguido se queda ahí, suspendida, quién sabe dónde, hasta que le susurran al oído: “Mamita, diga que tiene 105 años”.

Y ella obedece.

Él se llama Fideligno Mora Amaya y no recuerda ni cuándo llegó a Bogotá ni cómo lucía la ciudad. Sólo que tiene 100 años y cinco meses, que nació en Chinavitá, Boyacá, y que las cuatro vacas que llegó a tener las vendieron sus hijas para comprar una casa en Bogotá. ¿Dónde? No se acuerda, como no recuerda Dominga Martínez de Lozano qué estaba haciendo el 9 de abril y no recuerda Teodolindo Pardo “las oraciones para rezar”.

Porque ya con tantos años, repiten quejumbrosos… la memoria se desvanece a la par con la vista, el oído y la fuerza de los huesos. Y aburrirse deja de ser una opción. Y se van acabando las historias para los nietos.

Como Teodolindo, Fideligno, Dominga y Hermenegilda, en Bogotá viven 1.305 personas nacidas antes de 1913. La mayoría depende completamente de sus familias (sólo siete viven en albergues distritales) y su mundo se circunscribe a una habitación y una casa, y quizás una o dos tardes de misa, porque “si estamos acá es por la gracia de Dios”.

Hay unos con más suerte que otros. Fideligno, pese al cáncer de piel que padece, pese a la sordera y la inmovilidad a la que lo condenó una trombosis sufrida hace ya varios años, tiene una familia que lo rodea y lo acompaña, y que lo vistió de blanco, por petición suya, el día que cumplió cien años. “Cada hijo le compró una prenda, desde la ruana hasta los zapatos”, recuerda Claudia Puentes, su nieta.

Teodolindo, entre tanto, un campesino de Gutiérrez, Cundinamarca, que enviudó hace más de 35 años y que llegó a Bogotá con su familia a comienzos de los ochenta, disfruta de una salud de roble. Duerme, come, se baña sin ayuda; recita de vez en cuando una que otra copla que la memoria le trae sin que sepa muy bien de dónde proviene y tiene incluso suficiente energía para salir y recorrer el mundo, su mundo, que son dos cuadras del barrio La Estrada, en Engativá. Allí visita a su amigo, Pacho, el tendero, se corta el pelo en William Peluquería, asiste sin falta a la misa los domingos y compra el Baloto —siempre que el acumulado supere los $10.000 millones—, porque “no hay cómo más dejarle algo a la familia”.

No todos, sin embargo, gozan de los mismos privilegios. “La salud, los problemas nutricionales, la falta de vivienda adecuada, la inseguridad, la falta de protección y de seguridad económica son variables que afectan negativamente y que preocupan al Distrito”, asegura Martha Ruth Cárdenas, subdirectora para la vejez de la Secretaría de Integración y quien por estos días lidera la conmemoración del Mes del Adulto Mayor.

Bogotá ocupa, según registros del gobierno nacional, el segundo lugar en el país en registros de violencia intrafamiliar hacia las personas mayores. Según el Instituto Colombiano de Medicina Legal, en 2011 la ciudad aportó el 13,4% de los casos de todo el país.

La misma entidad, según datos de 2012, indica que el año pasado se presentaron 136 muertes violentas accidentales de personas mayores, 42 homicidios, 28 suicidios y 140 muertes relacionadas con transporte. En los hogares, además, se reportaron 285 casos de violencia intrafamiliar. Por lo general, según queda constancia en los registros de los peritos, los agresores son los mismos hijos.

En términos económicos, sólo el 30% de los adultos mayores en Bogotá recibe pensión, mientras que el 62% no cotiza al sistema de pensiones.

Desde hace tres años, Bogotá creó una política pública especial para el acompañamiento de esta población. Y en el marco de la conmemoración del aniversario de esta política, la Secretaría de Integración Social rendirá hoy homenaje, en el centro de convenciones de Compensar, a los 1.305 abuelos centenarios que viven en la ciudad.

¿Por qué un homenaje de este tipo? Cárdenas asegura que es a través de este tipo de eventos que puede hacer visible a una población que por lo general vive solitaria, confinada en su hogar, y poner en duda los estereotipos sobre la tercera edad. “Para nadie es grato envejecer”, asegura Cárdenas. “A ninguno de ellos les gusta ser viejos. Se sienten no tenidos en cuenta, y esos son imaginarios que tenemos que empezar a transformar”, asegura.

“Perdón”, “dispense”, “disculpe”: la palabra la repiten los abuelos centenarios, desde su desmemoria y su fragilidad, en cada entrevista. Como si la vejez fuera sinónimo de falta de modales, como si la soledad fuera el precio que hay que pagar por el acto heroico de llegar a los 100.

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