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En el último año y medio no se ha tomado una sola medida para enfrentar el derrumbe de la actividad productiva.
Al igual que sucede con las empresas quebradas, cada cifra es peor que la anterior. Los indicadores comunes revelan un rápido deterioro de la economía en el tercer trimestre. En agosto y septiembre la industria registró caídas de 5%, el comercio y la construcción la siguen de cerca, y el transporte y las comunicaciones lo hacen en forma más lenta. El desempleo aumenta, el empleo crece menos que la población y los ingresos laborales se contraen.
El sector externo y la inversión que se presentaban como los soportes que blindaban a la economía contra las vicisitudes externas se vinieron abajo. Las exportaciones no tradicionales disminuyen en valor y se desploman en toneladas. La producción y las importaciones de maquinaria y equipo descendieron en el tercer trimestre y los planes de expansión se extinguieron. Así las cosas, los tres componentes de la demanda agregada, el consumo, la inversión y las exportaciones, avanzan por debajo de la población y no muy lejos de cero, revelando que la economía se dirige hacia la recesión.
Lo grave es que esta tendencia se verá agudizada por el efecto contagio de la economía mundial, que se manifestará especialmente por conducto del sector externo. En la actualidad, el déficit en cuenta corriente asciende a 2,6% del PIB. Si esta cifra se corrige por la sobrefacturación de las ventas externas y se le adiciona la caída de los precios de las materias primas y la contracción de las exportaciones a Estados Unidos y Venezuela, el faltante puede superar el 4,5%, lo que constituiría un serio limitante a la recuperación y la estabilidad financiera.
Frente a este panorama brilla la inacción oficial. En el último año y medio no se ha tomado una sola medida para enfrentar la crisis mundial y el derrumbe de la actividad productiva doméstica. Por el contrario, en la medida en que el crecimiento caía y la crisis mundial se acentuaba, el Banco de la República procedía a elevar las tasas de interés para bajar una inflación de origen mundial. El equipo económico no ha ido más allá de menospreciar las anticipaciones de los analistas acertados y decir que el país está blindado ante la crisis mundial.
Lamentablemente, el debate económico gira en torno a cifras que no tienen mayor sustento analítico. A un mes de terminar el año, las entidades oficiales cambian las proyecciones para ajustarlas a las cifras que ya se conocen y ocultar sus desaciertos. Caso especial es el gerente del Banco de la República, que señaló al principio del año que la política de alza de tasas de interés garantizaba el logro de la meta y que no afectaría la actividad productiva. Hoy en día, cuando la inflación ha resultado el doble de la meta y el crecimiento la mitad de la predicción, está en mora de explicarle a la opinión pública la razón del monumental error y, sobre todo, la forma como lo remediará en el futuro.
El equipo económico no ha logrado superar la concepción de que los mercados se autorregulan o que las discrepancias se contrarrestan con medidas de tasas de interés y liquidez. Lo normal para estos personajes es que el crecimiento económico no varíe en más de uno o dos puntos de un año a otro y que las bajas se compensen con alzas. No se reconoce que la desvalorización de activos que provocó el desplome de los mercados mundiales propicia fuerzas que tienden a acentuarlo. Así, la revaluación y el alza de las tasas de interés precipitaron la caída de la economía colombiana, y ahora la revaluación se convirtió en devaluación que dificulta y reduce la eficacia de la baja de las tasas de interés. En cierta forma, se replica el comportamiento de Estados Unidos, en donde la elevación de la tasa de interés ocasionó la crisis financiera y la desaceleración del producto, y la baja no evitó la extensión de las bancarrotas bancarias ni la recesión.
La economía colombiana está a la deriva y mal podría esperarse que la solución resulte de los hombres prácticos que no atinan a descifrar el acelerado deterioro del sistema. Ante todo se requiere de una teoría que reconozca que los mercados son estructuralmente inestables y que las alteraciones no se contrarrestan con acciones marginales de liquidez, ni con simples programas de obras públicas, y sobre esas bases avanzar en una estrategia de abierta intervención del Estado para movilizar los recursos hacia quienes están dispuestos a recibirlos. Hay que intervenir los bancos para garantizar el suministro de liquidez, orientar el crédito para garantizar el acceso de los sectores clave, intervenir el mercado cambiario dentro de un tipo de cambio anunciado, volver a la contratación directa de obras de infraestructura, reformar la seguridad social, detener las privatizaciones y adoptar una política fiscal y monetaria expansiva.