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Ahora, el ‘West Wing’ de la realidad

Juan Carlos Botero
14 de noviembre de 2008 – 08:06 p. m.

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AL VER LA SERIE DE TELEVISIÓN The West Wing, escrita por Aaron Sorkin, uno siempre sentía una contradicción interna.

De un lado, había el gran placer (y el alivio) de ver la mayor potencia del mundo liderada por un hombre culto, brillante, responsable, con una honda dimensión espiritual y un humor mordaz, pero ante todo dotado de sensibilidad social y voluntad de servicio público, siempre tratando, con su inmenso poder como Presidente y con su lucidez de intelectual, de resolver los problemas nacionales y mundiales.

 Al apagar el televisor, sin embargo, quedaba una sensación de tristeza, parecida a la orfandad, al comprobar el espejismo, al ver que la sabrosa realidad de la ficción sólo resaltaba, con dolorosa transparencia, la realidad brutal y tangible del gobierno Bush. Ahí las cosas eran al revés: la potencia mundial liderada por un hombre de nivel intelectual mediocre, con cero sapiencia internacional, cero sensibilidad social, cero interés por lo que sucedía más allá de sus fronteras, y empeñado en favorecer a los que menos necesitan favores: los megamillonarios que representan el uno por ciento de la población.

 En The West Wing, el presidente, Jed Bartlet, era un profesor versado en latín, un humanista y un idealista: no un ingenuo desconectado de la realidad, como se dice a menudo de ese tipo de persona, sino alguien capaz de aspirar a un mundo mejor y dispuesto a hacer lo que sea, dentro de los límites de la ley, para convertir ese sueño en realidad. Bartlet era un hombre que no escondía su pasión por los clásicos y conocía las lecciones de la historia.

 Bush, en cambio, demostró ser lo contrario: un hombre capaz de mentirle al mundo para desatar una guerra equivocada e innecesaria; capaz de torcer la Constitución para justificar la tortura; capaz de manipular el miedo de su pueblo para afianzar su agenda de gobierno. Su indiferencia por los pobres se hizo clara cuando las aguas borraron una ciudad legendaria. Y su defensa de un capitalismo sin corazón, cuya falta de vigilancia y reglamentación llevó a la mayor crisis financiera desde 1930.

 No obstante, lo peor de este gobierno ha sido la inversión de valores. El machismo se volvió política exterior. La incapacidad de ver los matices de una situación compleja, y la terquedad de ver el mundo en forma maniquea (buenos vs. malos, el resto vs. nosotros, amigos vs. enemigos) se interpretó como firmeza y claridad mental. La ausencia de intelecto se volvió un mérito, porque sugería que la persona no era un elitista sino alguien del común. Y esa es la paradoja: un elitista como Bartlet no favorecía a las minorías sino a la gente del común; en cambio, la gente del común es la que más ha sufrido durante el mandato Bush, mientras que la élite es la que más se ha beneficiado de sus políticas. En fin: la inteligencia se volvió sospechosa, la ceguera una virtud, y el ser crítico con el Gobierno (la razón de ser de un Estado con tres ramas independientes, justamente para impedir los abusos del Poder Ejecutivo) se asoció a la traición.

Aun así, quizás esta historia tenga un final feliz. Quizás, por una vez, la realidad imitará a la ficción. Porque lo más distinto a Bush, y lo más parecido a Bartlet, es Barack Obama: un profesor de derecho, un intelectual que goza el debate de ideas, que mantiene la compostura ante los ataques más perversos y cuya meta es ayudarles a los más necesitados. En suma, tal vez ahora The West Wing se parezca a la Casa Blanca de la realidad, y no al espejo que refleja, con dolor y alarma, la otra cara de la moneda.

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