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Donde era el dolor, fue la literatura

Joyce Carol Oates es una de las eternas candidatas al Premio Nobel de Literatura. Criticada por la cantidad de libros que ha publicado (más de 100), ha sido elogiada por quienes se han enfrentado con seriedad a su obra.

Foto: William Orlando Niampira Gamba

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La estigmatizaron como prolífica y la tacharon de prolífica. Dijeron que escribía mucho, demasiado, que sus novelas y sus cuentos eran góticos, oscuros, sangrientos. Cuando quisieron destruirla, citaron a Truman Capote y multiplicaron hasta el infinito su opinión sobre ella. “Es un monstruo al que debería decapitarse en un auditorio público, en el Shea Stadium o en un campo de exterminio junto con cientos de miles. ¡Es la responsable de todos los grafitis en los lavabos de caballeros y de señoras y en todos los retretes públicos de aquí a California ida y vuelta, parándose en Seattle por el camino! Para mí, es la criatura más odiosa de Norteamérica… La he visto y verla es odiarla. Leerla es vomitar… Creo que es esa clase de persona… O de criatura… O de lo que sea. Es tan… ¡ugh!”.

Capote la detestaba, como detestaba a todos aquellos que no le hacían reverencias. Oates nunca se inclinó ante él. Tampoco le interesaba demasiado. En sus clases de literatura, uno de sus desahogos esenciales, cuando sugería a ciertos autores a quienes sus alumnos deberían leer, lo ignoraba. Aconsejaba a Joyce y a Faulkner, a Hemingway, a Raymond Carver, Richard Ford o Joan Didion. Y si le preguntaban por A sangre fría, por ejemplo, respondía que era necesario leerla para decir que se había leído, pero que ella jamás descendería a los infiernos de Capote para escribir un libro. Los infiernos de Capote eran justificar los medios para llegar a un fin, y los nueve círculos de su infierno eran la vanidad, la soberbia, la difamación, el odio, la deslealtad, la arrogancia, los celos, la avaricia y la burla.

Oates tenía su propio infierno y vivía en él, con sus respectivos círculos. Era consciente de sus pulsiones. Por eso escribía, y por eso corría, y decía cosas como “durante los días en que no puedo correr, no me siento ‘yo misma’, y quien quiera que ‘yo’ me sienta en esas ocasiones, me gusta mucho menos que la otra. Entonces la escritura permanece enmarañada en interminables revisiones. Los escritores y poetas son reconocidos por amar el estar en movimiento. Si no corriendo, escalando; si no escalando, caminando (como todos los corredores saben, caminar, aunque sea muy rápido, es un pobre sucedáneo del correr, a lo que nos limitaremos cuando ya no contemos con nuestras rodillas. Pero al menos es una opción)”.

Alguna vez dijo, o admitió, que era loca, pero de inmediato aclaró que esa era una condición a la que de una u otra forma deseaban llegar todos los artistas. “Tengo un proyecto, volverme loco”, le escribió una noche de demonios Dostoievski a su hermano Mijail. Dostoievski bajaba a los infiernos y ascendía de ellos, era epiléptico, y su única alternativa era escribir. Muchos otros se suicidaron, o convivieron con sus demencias. Alguno, incluso, dejó de escribir, como Rimbaud. Oates se aferró a la literatura para intentar comprender el mundo, la vida, los otros, a ella, a sus padres, su infancia, sus temores, sus obsesiones. Sus personajes son ella, y ella es su obra y su obra está repleta de mujeres como ella que sufrieron por los hombres. Que tuvieron que callar ante sus excesos, sus violencias. Que jamás olvidaron, pero tuvieron que perdonar.

“El pregonado celibato del boxeador en entrenamiento constituye, con mucho, parte de la tradición pugilística: en lugar de centrar sus energías y fantasías en una mujer, el boxeador las enfoca en un adversario. Donde ha sido la Mujer, ha de ser el Contrincante”, escribió Oates en uno de sus últimos libros, Del boxeo. En su caso, donde era el dolor, fue la literatura.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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