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La rumba de Harlem

Patricia Lara Salive
11 de noviembre de 2008 – 09:36 p. m.

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ERA LA UNA DE LA MAÑANA DEL 5 DE noviembre. Barack Hussein Obama, el primer presidente negro de Estados Unidos, uno de los países de tradición más racista, acababa de pronunciar su discurso de la victoria, corto, contundente, donde afirmaba que su triunfo no había sido el de la fuerza de la riqueza sino el del poder de los ideales y donde les abría las puertas y el corazón a los hombres, a las mujeres, a los minusválidos, a los capacitados, a los gays, a los straights, a los privilegiados, a los oprimidos, a los blancos, a los negros, a todos por igual.

Harlem, el legendario barrio negro de Nueva York, hervía de alegría. El grito de “yes we did it” se repetía en cada rincón. Una alegría que les brotaba desde lo más profundo se dibujaba en las sonrisas y en los ojos humedecidos de estos hombres y mujeres que pitaban y bailaban en la calle con ese ritmo mágico que llevan en la sangre. Se abrazaban, no podían creer que, por fin, uno de su mismo color, uno que hubiera crecido con sus mismos dolores y sus mismos sueños, fuera a gobernar la primera potencia del mundo.

“Estoy muy feliz, porque tenemos un presidente que viene de todas partes”, me dijo una negra bella que me atropelló con un abrazo. Un morenote viejo, de gordura descomunal, tocaba en una esquina el trombón. Habitantes del barrio, tan oscuros como él, bailaban a su alrededor.

Al Lennox Lounge, el famoso bar de Harlem donde acostumbran presentarse los grandes del jazz y del blues, como Dizzy Guillespie, Teolonius Monk y Gato Barbieri, no le cabía una persona más. Las coperas, una rubia y una negra, llenaban los vasos de cerveza a toda velocidad. Una negra robusta, con el pelo largo, alborotado y pintado de rojo, de abrigo de astracán, repetía: “I’m exited”. Un joven oscuro, con arete de amatista incrustado en oro y cachucha colocada de lado, sentado al frente del bar, le servía champaña Viuda de Cliqot a su pareja, una negra feliz que brindaba una y otra vez por Obama y por ella, pues también era el día de su cumpleaños. Dos parejas de homosexuales se besaban tranquilos y apasionados en un rincón del bar: al fin y al cabo el nuevo presidente les había dado la bienvenida. Una negra, con jeans ceñidos y rojos, coronada de reina, como lo hacen las que asisten a su despedida de soltera, bailaba con su pareja magistralmente. Lo hacían al ritmo de esa música que esa noche no se interpretaba ahí en vivo porque los maestros del jazz habían salido a las aceras a tocar sus instrumentos de viento. De pronto, alguien gritó Obama, y todos, al unísono y a un ritmo que empujaba a la danza, gritaron también: “Obamááá (así, con acento en la á), yes we can, Obamááá, yes we can”.

En el Lennox Lounge había algunos blancos, felices también. Pero, definitivamente, esa noche era la de la gran fiesta de los herederos de Martin Luther King que por fin habían vuelto su sueño realidad.

* * *

Felicitaciones de corazón al Padre Darío Echeverry por haber sido condecorado por Francia con la ‘Medalla de la Legión de Honor’. Él, párroco del Voto Nacional, quien vive allí, en medio de sus amigos –los limosneros, las prostitutas y los drogadictos–, es un apóstol que con discreción, sacrificio e inteligencia trabaja cada minuto por la paz de Colombia. ¡Enhorabuena, Padre Darío!

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