
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Santiago es la raíz de buena parte de las manifestaciones folclóricas de Cuba, y Miguel Matamoros es uno de sus frutos más determinantes. La ciudad, ubicada al extremo oriente de la mayor de las Antillas, ha sido la cuna de muchos músicos influyentes para potenciar el diapasón de los sonidos característicos de la isla. Allí, entre sus montañas, sus playas y su río, nació el son, tal y como se conoce en la actualidad.
Uno de sus principales gestores fue Miguel Matamoros, de quien en 2014 se conmemorarán 120 años de su natalicio. Él veía y escuchaba a cientos de trovadores hacer poesía acompañados tan solo con guitarra y aprovechó esa radiografía para inventarse historias campesinas, guajiras, como las denominarían en Cuba, y reflejar su realidad.
“Cada género tiene sus requisitos y exigencias y es ahí donde radica la importancia de Miguel Matamoros, quien unió la trova con el son. Antes de él muchos artistas hacían poesía con guitarra pero él se ingenió un estilo que ahora caracteriza el sonido de los cubanos. El creador del bolero-son fue Pepe Sánchez, otro santiaguero, y fue él quien le ayudó a mi bisabuelo a hacer su primer poema, que se llamó Promesa, comenta Emilio Matamoros, quien confiesa que la versión que más le gusta de Lágrimas negras, la canción insignia dentro del repertorio de Miguel Matamoros, es la de Omara Portuondo.
Miguel Matamoros se ingenió mil maneras de componer y de retratar con su música cada uno de los estilos que surgían en Cuba. En formato de trío, en conjunto, en sexteto y en septeto viajó por el bolero, el son, el danzón y el mambo, entre muchos otros estilos, de los que se desprende la riqueza musical de antaño en Cuba y donde reposan también las manifestaciones más actuales.
“El septeto en Cuba es un patrón del surgimiento de los bailables en la isla. Antes teníamos muchos círculos sociales con tríos, cuartetos y quintetos. Sin embargo, para hacer el estilo más sabroso al oído y a los pies surgió el formato del septeto, incluyendo elementos como la tumbadora y la trompeta. En los años 20 se creó el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro, que podía hacer música para escuchar y para bailar. El septeto es el formato base para bailar”, dice Emilio Matamoros y agrega que, aparte de su bisabuelo, al cubano que más extraña es a Benny Moré, discípulo directo de Miguel Matamoros.
“El son se compone y se interpreta en clave y todos los ritmos antillanos son hijos o familiares menores de este estilo. El bongó y la tumbadora impregnan la timba, el songo y demás manifestaciones interpretadas en 4/4 y en la que el cantante no se puede distanciar mucho de la esencia pero también debe ser lo suficientemente bueno para hacer algo distinto”, concluye Matamoros para quien el apellido no ha sido una carga, sino una sabrosa bendición.
Viernes 2 y sábado 3 de agosto, a las 8:00 p.m. Teatro Colsubsidio Roberto Arias Pérez. Calle 26 No. 25 – 50. Información y boletería: 5936300 y www.tuboleta.com
jpiedrahita@elespectador.com