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ENTIENDO QUE EN UN PAÍS CON tantos problemas, se requieren actividades que diviertan y entretengan. También soy consciente de que mi opinión no representa la de los colombianos.
Sé que tiendo a mirar los fenómenos con una visión en ocasiones demasiado crítica. Pero no puedo dejar de pensar que las cosas que son desproporcionadas reflejan problemas de fondo en una sociedad. El mejor ejemplo es el reinado de la belleza en Cartagena.
Cada año, durante cerca de un mes, se lleva a cabo una intensa campaña mediática alrededor de la selección de la “soberana nacional de la belleza”. Los noticieros, las revistas, los periódicos y las emisoras ocupan secciones cada vez más extensas para tratar todos los aspectos relacionados con las comitivas, los trajes, los vestidos de baño, las carrozas, las balleneras, las cirugías, las barras, los edecanes, los canutillos, las chaperonas, los diseñadores, las plumas, los bailes, las coreografías, el cetro, la corona, etc., etc., etc. No hay manera de evitar los sesudos análisis sobre las piernas de la candidata del Valle, los ojos de la del Atlántico o la sonrisa de la del Huila.
Me deprime ver las burlas y los chistes sobre las respuestas de las candidatas a las absurdas preguntas de los pomposos jurados. Me entristece ver que las mujeres, tan sensibles hoy en día a los temas de equidad y de género, se presten a ser analizadas y catalogadas por sus atributos físicos. Me parece un evento de hondo contenido machista. Pienso que es un exceso que debería generar protestas de todas ellas. Pero no es el caso. En realidad son las mujeres las que más atención le prestan a este evento, algo que nunca he podido entender.
Sé que buena parte de los costos de este espectáculo son asumidos por empresas del sector privado interesadas en el despliegue publicitario. Puedo entender su lógica promocional. Pero me parece absurdo que los departamentos consagren recursos para enviar comitivas a este evento y dilapiden los presupuestos en estas actividades. Como todo en la vida, es un asunto de proporción. El despliegue y derroche de lujo en una ciudad como Cartagena, sin agua, sin vías y en una grave crisis social, debería inducir a la moderación en los gastos del reinado. No se trata de hacer demagogia. Tener un reinado de belleza no tiene nada de malo.
Creo que en casi todos los países del mundo —excepto los musulmanes— existen este tipo de eventos. Mi crítica está orientada a la importancia que le damos en Colombia. Recuerdo haber visto que la noticia de la elección de Miss Francia ocupaba un minúsculo recuadro de los medios escritos galos. Nunca vi una imagen de la “soberana francesa de la belleza” en la televisión, ni hay transmisiones de Miss Universo ni de Miss Mundo. La reina no la recibe el Presidente, ni le ponen camión de bomberos, ni la nombran presentadora de televisión, ni es un ícono nacional.
Los cínicos dirán que, desde los tiempos de los romanos, el pueblo quiere circo para distraer sus problemas reales. Puede ser cierto, pero no deja de ser sintomático de un país en crisis que le demos tanta importancia, consagremos tantos recursos y gastemos tanto tiempo a una actividad tan fútil.