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América Latina y el mesías de Washington

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TODO LO QUE SUBE, BAJA. EL MA-yor enemigo del presidente electo de los Estados Unidos, Barack Obama, es su éxito electoral.

En Europa, en África, de forma algo más distante en Asia, y muy especialmente, aunque con matices, en América Latina, el recibimiento de un futuro ocupante de la Casa Blanca, negro, de 47 años, ha sido el de un mesías; mérito de su antecesor, George W. Bush, no ya el peor sino el presidente más desfachatado e ignorante de todo el llamado siglo americano. Pero eso no le resta méritos a su sucesor, ni tampoco a Estados Unidos como sociedad democrática y mucho más avanzada de lo que algunos creíamos.

En ningún país de Europa, España incluida, un miembro de una minoría racial tiene la más mínima posibilidad de llegar a presidente. América Latina no es exactamente lo mismo, pero por la vía democrática sólo Perú, Venezuela y Bolivia —México en el siglo XIX con Benito Juárez— tienen o han tenido jefes de Estado que no fueran blancos. Colombia, incluso, jamás ha conocido presidente que no fuera español antropológico, desde el general Santander hasta el hacendado Uribe; ¿es que hay españoles más convincentes que Andrés Pastrana o Ernesto Samper? Por algo mataron a Gaitán; y que no se diga que Turbay era diferente, que ‘Ayala’ lo arregla todo. Y lo que ha ocurrido en Estados Unidos es que por fin la gente ha votado —dos tercios del electorado, contra el 50% escaso del último siglo—, y lo ha hecho para desmentir a una clase política falsamente populista y ayuna de las cosas de este mundo. Por eso Obama tiene el grandísimo problema de que como tanta gente ha visto en él lo que quería ver, la apuesta va a resultar difícil de sostener.

¿Qué puede hacer Obama por América Latina? ¿Qué puede esperar de Obama América Latina? Cuba, Colombia, Venezuela, Bolivia y México figuran prominentemente en la lista de espera.

La primera prueba se escenificará del 17 al 19 de abril de 2009, con la celebración en Trinidad-Tobago de la Cumbre de las Américas, y para entonces deberá haber ya un esbozo de tratamiento de aquellos casos problemáticos. Respecto a Cuba, el presidente norteamericano ha emitido sonidos positivos, y como su victoria no se la debe a la ‘cubanada’ de Miami, no tiene deudas que pagar. Cuando Fidel dio paso a su hermano Raúl, Obama dijo que el traspaso de poderes “debía marcar el fin de una era oscura”, pero que ello “no bastaba tristemente para llevar la libertad a la isla”. Dos veces el senador por Illinois se ha opuesto a la financiación de Radio Martí, que cuesta unos 200 millones de dólares de viciosa propaganda al año; y más significativamente, en un artículo publicado en el Miami Herald del pasado agosto, abogaba por dar las máximas facilidades de comunicación, visita y remesas de dinero entre los cubanos del exterior y los del interior, argumentando que todo ello no sólo son derechos humanos básicos, sino que contenían el germen de la democratización de la isla. Pero está claro que Raúl Castro tendrá que espabilarse, porque más allá nadie va a ir, si no hay movimiento en la Gran Antilla.

Con Colombia hay que desentrañar el problema del TLC. Y el Partido Demócrata, que domina con claridad las dos cámaras, no está por seguir gastando lo que Bush en la lucha contra la insurgencia ni la persecución del narcotráfico. El principal asesor de Obama en cuestiones latinoamericanas es, con todo, alguien de la casa. Dan Restrepo, nacido en Washington hace 37 años, hijo de colombiano y española, dijo recientemente que sin avances contra la violencia ejercida sobre trabajadores y líderes cívicos colombianos sería difícil profundizar las relaciones entre los dos países. Y, de igual manera, otro señalado colaborador del presidente electo, Frank Sánchez, de origen mexicano, secretario de Transporte en la administración Clinton, ha dicho que va a revisarse el TLC “para mejorarlo”, aunque hablaba pensando sobre todo en México.

Chávez ha suspendido, quizá sólo por un tiempo, la lectura de su diccionario de improperios contra Estados Unidos, lo que también puede tener que ver con las elecciones municipales y provinciales del próximo día 23, donde las encuestas le vaticinan retroceso. Obama puede hacer borrón y cuenta nueva en las relaciones con Caracas, pero también debería hacerlo el propulsor del socialismo del siglo XXI, y la celebración de maniobras navales con la flota rusa el año próximo no contribuiría a ello. Hay que entender también que por muy renovador que sea el ánimo presidencial, no puede menos de demostrar que no sufre de debilidades ante nadie, sean los enemigos iraníes de Israel, o los que ponen de vuelta y media a su país y atraen fuerzas alógenas a unas aguas que Obama no puede sino considerar de casa.

Un buen gesto de Chávez sería pedir el regreso del embajador norteamericano, que expulsó en septiembre pasado por solidaridad con el boliviano Evo Morales, que había hecho lo propio con el suyo, Philip Goldberg. Y el hecho de que el norteamericano sea negro no tiene por qué conmover al hombre de La Paz porque su pelea, mucho más que la del presidente venezolano, es con Occidente como civilización, y Obama es tan occidental como el español Rodríguez Zapatero, otro a quien el indio aymara no quiere especialmente. Las diferencias con la Nicaragua de Daniel Ortega y el Ecuador de Rafael Correa, ambos en el girón de un cierto chavismo, son de menor entidad y el primero, igual que ahora es íntimo de la Iglesia, será todo lo prudente que convenga con Washington; mientras que el segundo se podía haber ahorrado el próximo cierre de la base norteamericana de Manta, que estorbaba muy poco y servía de algo en la persecución del narcotráfico. Pero Correa, como me dijo el propio Goldberg antes de que lo mandaran a casa, no es chavista ‘full-time’.

Es probable que la patata más caliente a largo plazo sea la inmigración mexicana, sobre la que Bush hizo fuertes promesas de alivio y comprensión, que incumplió, mientras sí cumplió todo lo que fuera nocivo para la salud del mundo. Y al presidente Calderón cualquier amabilidad le hace falta, empeñado como está en una guerra contra el narcocrimen, que no tiene visos de estar ganando. El presidente brasileño Lula, que ya fue aceptado por Bush como mal menor ante el radicalismo caraqueño, tendrá, sin embargo, con Obama el problema de que no caben tantos gallos en el mismo corral, pero, inicialmente, todo serán plácemes.

En la política que emane de la Casa Blanca hay que distinguir entre presidencia y presidente, naturalmente llamados ambos a competir por la plaza. Roosevelt en los años 30 y Kennedy y Nixon en los 60, pesaron más que su entorno; Reagan en los 80 llegó a felices acuerdos con su grupo de presión, oficial y de facto; y el Bush saliente ha estado, sin que él siquiera se enterara, hipnotizado y digerido por la boa constrictor del antiislamismo más grosero. ¿Podrá Obama con la inercia natural de aventuras como la disparatada redemarcación de Oriente Medio? ¿O de una guerra mal concebida y peor desarrollada contra el terrorismo internacional? De Irak no se irá fácilmente, aparte de que el presidente electo nunca ha hablado de abandonar completamente el país; con Irán y el bloque chavista el diálogo no puede ser fácil; con Colombia la dicha nunca será completa ni recíproca; en Pakistán y Afganistán carece de plan conocido; y con Cuba, la dinastía Castro querrá antes que nada durar. ¿Habrá Obama para tanta obra?

*Columnista de ‘El País’ de España.

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