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Lejanas presencias

Rafael Dussan expone ‘Presencias’, cinco obras que retratan la vida de las mujeres en los conventos coloniales. Su obra explora la soledad.

El Umbral’ es una obra en tela de 2 por 1,5 metros. / Rafael Dussan
El Umbral’ es una obra en tela de 2 por 1,5 metros. / Rafael Dussan

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Los dibujos de Rafael Dussan (1957, Bogotá) se refieren a motivos al parecer sagrados: monjas, ángeles y la imagen ya clásica de Jesús. A primera vista, sus trazos harían honor a cierto arte sagrado de otros tiempos y derivarían, entonces, en nociones de ese tipo: retratos celestes y míticos que buscan develar una imagen de lo desconocido. Sin embargo, después de que se llega al detalle, sus dibujos tienen tintes profanos. ¿Profanos para quién? Para ese arte que se limita a mostrar lo sagrado, la alta esfera del espíritu. Sus trazos parecen deliberados, los colores son oscuros, las formas no se restringen a la realidad, sino que parecen una réplica borrosa de ella. Una interpretación propia, en últimas: lo que buscaría cualquier artista.

Entre 1977 y 1983, Dussan realizó estudios de teología y filosofía en el Seminario Mayor de Bogotá. Quizá eso explique su fijación por estas figuras. Dos años después comenzó sus estudios en psicología y en 1987 cursó artes en la Universidad Nacional. En 1988, se graduó como teólogo en la Pontificia Universidad Javeriana. Más allá de sus estudios, Dussan ha dibujado y realizado instalaciones durante buena parte de su vida: su primera exposición individual fue en la galería Casa Negret, en Bogotá en 1990, y diez años después —luego de realizar otras tantas en esa misma ciudad— llegó al museo de Arte Moderno de Cartagena. Ahora, Dussan expone Presencias hasta el 28 de julio en el museo Santa Clara.

Son cinco obras: una instalación, una videoanimación y tres pinturas de gran formato. El tópico general, como ha sido descrito por Dussan, es la vida de las mujeres en el convento durante la época colonial, su intimidad y su comunión con el espacio del claustro. ¿Cuáles son sus herramientas? El dibujo, en efecto. Ya no es, a pesar de sus motivos, el mismo que se hacía tres siglos atrás en Colombia: es un dibujo con tintes modernos, que en ciertos trazos recuerda a Luis Caballero. De modo que Dussan combina dos vías en apariencia contrarias: el motivo sagrado y el dibujo moderno. El espíritu elevado y el trazo deliberado pero firme. En esos dos campos que chocan emerge la tensión principal de Presencias: la firme convicción de una existencia más allá de la mera física, que comparte espacio con la inabarcable soledad de la vida carnal.

Y es aquéllo lo que se siente al ver la videoanimación, bautizada El jardín de los secretos. Los dibujos en movimiento muestran a una monja que intenta alcanzar las manos de los ángeles a quienes rinde tributo. De fondo se escucha música solitaria y eclesiástica, y de repente queda impreso el hálito único de la vida en el claustro: pasar años y años en medio de paredes de bahareque y vetustas puertas de madera. Los ángeles parecen tomar a la mujer, se combinan con ella, pero en últimas está siempre sola. Su cabello queda suelto en una de las escenas, fuera de su hábito. El video se repite una y otra vez.

¿Qué se puede concluir? Que el único sentimiento persistente —y terco— es la soledad. Que es a ella a la que se le debe el claustro, a la comunión con Dios y con los ángeles, pero que ellos mismos están demasiado lejos de la vida, también solitaria, de los seres humanos. Que esa mujer, por más que busque alejarse, a lo único que no puede reducirse ni esconderse es a sí misma. Dussan —quien realizó este video junto con Carlos Santa— no sólo ha retratado el claustro como la forma de comunicarse con Dios, sino también el modo en que es más fácil darse cuenta de que es una presencia por completo lejana e imposible de alcanzar.

Los mismos retratos se encuentran en la instalación de cinco metros de largo, que comprende 90 bolsas de té suspendidas a metro y medio del suelo, titulada Ascensos y abandonos. En menor escala están dibujadas otras mujeres; sus posiciones, en absoluto pasivas, sugieren movimientos fuertes, amplios y liberados. Y sin embargo, están allí encerradas, en ese marco mínimo y oloroso que es la bolsa de té. Son mujeres de rostros blancos, es la mujer, en abstracto, viva y solitaria.

Dos obras más rodean una estatua de Cristo. Son retratos de amplio tamaño, de técnica mixta sobre tela. El cristo completo expone dos rostros por completo distintos de Jesús: en el primero de ellos, El Señor de la furia, se ve la cerrazón del rostro, cierta furia, mientras Jesús está rodeado por ángeles y tiene manos y brazos escondidos tras su espalda. El segundo, El Señor de la risa serena, muestra a Jesús con una mujer detrás de sí, que lo abraza y parece consolarlo. Está tranquilo, apaciguado. El amor tranquiliza, la soledad desespera y enfurece. El primero sirve de antídoto, el segundo es una verdad insoportable. ¿Cuál prevalece? ¿Cuál tiene más sentido y es más real?

En el Estudio y boceto para la India Catalina de 2012, Dussan explora también esa misma intimidad femenina, pero de un modo mucho más personal, por medio de la desnudez. Son figuras que representan, en colores similares a los que Dussan utiliza en esta muestra, la sensibilidad propia de esa soledad, del sueño. Las mujeres no están desesperadas como las monjas, en busca de una compañía lejana que es cada vez más lejana; no están enclaustradas, sino que están más bien abiertas a todo lo que suceda en ese lapso de libertad de sus cuerpos.

Esa misma sensación, aunque no sea obvia, persiste en estos retratos y, sobre todo, en el último: El Umbral. Una mujer está en brazos de una ángel, tan apaciguada como el Cristo que es consolado en la obra anterior. Sus brazos son gruesos y, al mismo tiempo, se toma del cuello angelical sin tanta fuerza, apenas llevada por su propio peso. Sólo su hábito, en la cabeza, está oscurecido: el resto es de un rojo sangrado, combinado con algo de naranja, que define a los personajes.

La monja está por completo entregada a esa salvación, que es por supuesto el objeto por el que ha luchado su vida entera. Se entrega a ella en la actitud de quien ya se sabe con el camino ganado, con tranquilidad, con una expresión de soberana felicidad en el rostro. El Umbral no deja de tener significados más allá de la pura espiritualidad de la monja que retrata. En él está la felicidad que no necesita de sonrisas ni exaltaciones. La felicidad de combinarse en el cuerpo de otro para no perderse en la soledad y, sin embargo, se sigue solo.

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