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La pregunta por la divinidad. Mejor aún, preguntarle a la divinidad. Se supone que está por ahí, en algún lado, ¿no? Escribirle, entonces, no pareciera un exabrupto. No pedir, suplicar, invocar. Apenas hablar.
El diálogo se entabla fuera del marco de la teología. La cuestión no es debatir la validez o la existencia del dios; el misterio de estas conversaciones parece no estar anclado a lo divino, en el sentido más clerical del término, si acaso esto es posible. El misterio reside en preguntarle al dios, oh gran Poseidón, si no le parece ligeramente desbalanceado permitir que una de sus mujeres muera y sea enterrada en una carretera cualquiera para otorgarle luego el dudoso honor de ser una fuente para toda la eternidad.
El olvido como fuerza elemental, un asunto esencial, como la marea o la lluvia o el cambio de las estaciones. Una ley que gobierna, claro, a los hombres, pero de la cual tampoco escapan los dioses, las instancias superiores íntimamente ligadas a sus seguidores. ¿Qué es un dios olvidado? ¿Qué es un nombre que ya no se pronuncia: Poseidón, pero también Arturo o Juan o Agustín?
La ausencia del recuerdo es un asunto que Cees Nooteboom revisa al lado del cráter inundado de un volcán en Ecuador que, según los locales, no tiene fondo. Parece la imagen perfecta, la desmemoria como un lago sin fin, una superficie tersa y uniforme que apenas refleja el instante, un presente levemente azulado, inescrutable. “Ese es el reino de los muertos, la eterna oscuridad en la que todo queda relegado al olvido”.
“Siempre me he preguntado qué sintieron ustedes los dioses cuando ya nadie les suplicaba ni les pedía nada. (…) Nosotros aún vemos sus imágenes y, sin embargo, ya no están acá. ¿Sintieron envidia de los dioses que los sucedieron? Y ahora que estos también han sido abandonados, ¿se ríen de ellos?”.
Hay algo ciertamente encantador en la cuestionable naturaleza de esta deidad, una entidad cargada de fallas y errores cuyo desempeño histórico permite ser analizado en términos más humanos, con matices y zonas grises aquí y allá; no se trata del absoluto impasible que reemplazó a Poseidón y sus semejantes, un vacío capaz de engullir la luz y el sonido, que además exige que se le mencione con letra mayúscula.
Desprovisto de absolutos, Poseidón es interpelado en un tono sin la grandilocuencia obligada de cualquier poder que se presume superior. El dios aparece en las cartas que le escribe el autor, pero también en los otros relatos, pues el libro es dos libros (o varios) a la vez: están las misivas a la deidad, pero también otros textos en los que, a su manera, emerge la idea de divinidad; un texto acerca de un asesinato en una aldea remota en los Alpes, una biografía de la corte de Luis XIV que induce a pensar en el significado de la vida y la historia.
Las palabras de Nooteboom parecieran estar cargadas con una bella ingenuidad, la posibilidad de maravillarse por hechos simples que emergen en lugares inesperados. Una lechuza en un zoológico cuya mirada entraña acertijos acerca de la propia identidad, un hombre que eternamente se sienta en el pórtico de una puerta y que termina actuando como garantía de la sucesión de los días. Una silla azul debajo de un árbol en medio de la nada.
Bajo esta visión, la divinidad se transforma en una presencia cotidiana en el caótico trasegar de los hombres, una entidad natural. “Casualmente inmortales, son lascivos, fornicadores, envidiosos, nobles, se enfrentan los unos con los otros y entretienen al mundo con sus historias. Nuestro Dios en cambio tuvo que inventarse un Hijo para aproximarse a nosotros. En cualquier caso, como ya previó Pascal, el misterio de si Él o Ella o Eso fue o es verdad supera nuestra limitada inteligencia. (…) No deberíamos haberlos abandonado. Ustedes los dioses nos acercaron a la tormenta, al amor, al agua, a la muerte, al viento, al fuego. A todo cuanto nos inflige dolor y nos brinda la vida, a todo cuanto somos capaces de entender. De lo otro no entendemos nada. Y ante esa nada se nos exige postrarnos, pero ¿quién se postra ante la Nada?”.
Pareciera apenas lógico que un libro de cartas a Poseidón, rector de los mares, estuviera atravesado por pequeños relatos de viaje, por palabras que evocan ideas y sensaciones que adquieren cierto sentido con la distancia. Y en el viaje se imponen los horrores de otros y las pequeñas acciones que permiten pasar de un día al siguiente. El testigo registra e interpreta y también se asombra. “El asombro, un don. Tal vez el don del que nacieron ustedes. (…) La verdad, como ya he dicho, no sé si quieres oír todo esto”, le escribe Nooteboom al dios, poco antes de decirle “de todo cuanto Poseidón ha visto desde el fondo del mar, lo más raro habrá sido las dos plantas de pie del hijo del otro dios en el lado equivocado de la superficie del agua”.
Las cartas, más allá de las buenas preguntas que proponen, las cuestiones que a través del humor se revelan esenciales, incluso, parecen hablar de un mundo en el que el mito aún vive; no la adoración simple de aquello que no se puede ver o tocar, no el fanatismo, sino la maravilla del relato, incluso la fantasía, como posibilidad para explicar el tiempo.
En Cartas a Poseidón Nooteboom continúa con el viaje como vehículo para erigir una narrativa. Sus observaciones están impregnadas por una mirada que, en relatos breves, ofrece destellos de las cosas más allá de las cosas; esencia, le dirían algunos, tal vez.
Una boda en Francia. Un hombre se casa con su compañera, que ha muerto poco antes. La ceremonia se realiza con el permiso del presidente francés. El hombre lleva el sombrero de la difunta al matrimonio. “¿Qué pensará el sombrero el día de la boda? ¿Reconocería a la decena de convidados que asistieron a la ceremonia? ¿Y qué le habrá dicho al hombre una vez solos en casa?”.
@troskiller