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A lo largo de la campaña presidencial Barack Obama prometió un cambio e invitó a los norteamericanos a realizarlo. Sus banderas fueron el cambio en los Estados Unidos y la unidad de los norteamericanos. Y utilizó el testimonio de su propia vida como instrumento para convencer a sus compatriotas de que su país era un todo que representa más que la suma de sus partes.
En marzo pronunció en Filadelfia un discurso clave para su campaña: “Yo soy hijo de un hombre negro de Kenia y de una mujer blanca de Kansas…Estudié en algunas de las mejores escuelas de América y viví en uno de los países más pobres del mundo…Tengo parientes dispersos en tres continentes y hasta el último día de mi vida no olvidaré jamás que mi historia no habría sido posible en ninguna otra parte del mundo”.
Ahora hizo lo propio en Chicago, el martes anterior, apenas se conocieron los resultados electorales: “Si todavía queda alguien por ahí, que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche tiene su respuesta”.
“Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos; ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules. Somos y siempre seremos, los Estados Unidos de América”.
Obama encuentra en la unidad el mejor instrumento para el cambio. De otra manera no sería posible reconstruir una economía deteriorada, ni impulsar la historia en un sentido democrático, ni proyectar sobre el mundo una nueva imagen de su país, que deje atrás el talante pendenciero, la visión unilateral y el carácter excluyente del actual gobierno. No es gratuito el sentimiento anti-gringo que deja Bush en casi todo el mundo.
El nuevo presidente no sólo obtuvo el respaldo de su partido. También movilizó a sectores tradicionalmente abstencionistas, a amplísimas franjas de jóvenes de la más diversa condición y a verdaderos ejércitos de voluntarios que a través de Internet difundieron sus mensajes o en forma directa captaron recursos para su campaña.
No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales, dijo en su discurso del martes. “Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares, y diez dólares, y veinte dólares”.
Hace cien años los cambios eran imperceptibles por lo lentos. Hoy son imperceptibles por lo rápidos. El mundo asiste a lo que algunos han denominado cambio de época, con todo y rupturas paradigmáticas. No se si Obama tenga plena conciencia de ello, pero supo sintonizarse con los sonidos de su tiempo. Quizás ese fue el secreto de su triunfo.
Antonio García formuló la tesis del “hombre históricamente necesario”. Aquel que es creado por el instinto de conservación de las sociedades para romper el represamiento o para encauzar el desbordamiento de las fuerzas en que se compone y se descompone la vida social: “Cada hombre necesario llega a su hora, por la sencilla razón de que cada hora histórica produce su hombre necesario”.
Obama va a abrir cauces para que –dentro y fuera de Estados Unidos- fluyan nuevas corrientes en la política, en la economía, en la cultura. Pero quizás, su triunfo no es tanto el inicio sino el resultado de un cambio –tan imperceptible como rápido- que se viene sucediendo en la base misma de la sociedad norteamericana. Ojalá fuera así.
Ex senador, profesor universitario.