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El coronel Ahsin al-Khazragee, recién nombrado jefe de policía del área de Maverick, es un puntilloso hombre de unos 40 años. Cuando lo acompañé en su recorrido nocturno por las calles cercanas a Maverick pude percibir el aroma de colonia. Estaba acompañado por el mayor Roberto O’Brien, oficial estadounidense encargado del equipo de transición de la Policía Nacional en Maverick, o N.P.T.T., conocido por todos como Nipits.
Tres guardaespaldas rodeaban al coronel Ahsin, como un abanico protector. Mientras caminábamos por las calles, una mezcla de hogares y comercio, Ahsin mostraba mucha cortesía con los comerciantes. En un puesto de venta ambulante se comió un dulce. Se agachó para acariciar la cabeza de un par de niños pequeños. Avanzando en el recorrido, se le aproximó un hombre de edad y los guardaespaldas inmediatamente lo cercaron. El hombre se quejó porque una patrulla de la policía iraquí había chocado su carro. Ahsin lo escuchó y luego, en una fuerte voz, llamó: “¡Maa-yor!”
O’Brien se acercó rápidamente y, educadamente, preguntó: “¿Na’m, sayyidi? (¿Sí, señor?) Ahsin le indicó que quería que el policía agresor fuera puesto en prisión. “Na’m, sayyidi”, decía O’Brien mientras tomaba nota en su cuaderno. A medida que nuestra caminata continuaba, la escena se repetía una y otra vez. Ahsin daba órdenes a O’Brien, quien obedientemente las escribía. En algún momento, O’Brien sonrió en dirección mía y dijo: “Esta es la magia, sí”.
Más tarde le pregunté a O’Brien qué conocía del coronel Ahsin. “Todo lo que sé es que estuvo 13 años en las fuerzas especiales del Ejército de Saddam, y que se unió a la policía nacional en 2004”, dijo. Se conocían desde hacía sólo una semana y media pero él creía que Ahsin era “fantástico”.
Contesté que me parecía que Ahsin disfrutaba el rol de hombre importante. O’Brien me miró frunciendo el entrecejo y dijo calladamente: “Mire, funciona. Es lo que quiero. Yo quiero que él sea el encargado. Algunos consejeros quieren tomar el control y necesitamos que lo hagan”.
Pausó un momento y continuó: “Es como surfear, con la diferencia de que aquí estamos en la cima de una ola de agua de mierda, y simplemente estamos tratando de no caer”. Se rió: “Saddam Hussein dijo en alguna ocasión que el truco para hacer que la antiguerrilla fuera exitosa, era separar a las personas de la insurgencia. Eso es lo que estamos intentando hacer. Si las personas prefieren su manera a la de los demás, tienen oportunidad de lograrlo”.
¿De quién echar mano?
Los estadounidenses tenían la esperanza de que la guardia de Ghazaliya, el grupo de voluntarios sunitas, tomara el rol de fuerza policíaca. Sin embargo, aquí también había complicaciones: el general Petraeus estaba convencido de que la Guardia era un desarrollo positivo, pero los chiitas tenían una opinión bastante diferente.
Un oficial del Consejo Supremo Islámico de Irak me dijo: “La política adoptada por el gobierno iraquí, junto con la coalición, ha sido la de desbandar a los grupos armados”. Admitió que las fuerzas de seguridad iraquíes debían ser reformadas, ya que eran un “cuerpo débil y enfermo” plagado de milicias. “Pero la solución no es incorporar nuevas fuerzas al juego, especialmente unas en las cuales la gente no confía”.
El oficial chiita me dijo que los estadounidenses estaban armando a los voluntarios sunitas sin hacer una revisión completa de sus antecedentes. “Hay muchas historias rondado por ahí sobre que algunos de quienes estuvieron involucrados en el ‘despertar’ eran reconocidos y peligrosos criminales”, dijo. Mencionó también a grupos insurgentes de línea dura, como la Brigada de Revolución 1929 y el Ejército islámico, cuyos miembros se han incorporado a los grupos voluntarios.
“Ahora andan armados, uniformados y luciendo placas que les permiten entrar a lugares donde normalmente los únicos que podían entrar eran las fuerzas de seguridad iraquíes. Es necesario implementar mecanismos que aseguren que la lealtad de estas personas sea hacia Irak y su gobierno, antes que se vuelvan más fuertes y tengan control sobre sus propios territorios”, añadió.
Una mañana soleada a finales de septiembre, un grupo de aproximadamente 12 miembros de la guardia de Ghazliya se reunió con el capitán Brooks en una pequeña plaza pública. Todos lucían camisa crema, pantalón caqui y gorra beige; parecían guardias de seguridad en un campo de golf. La única insignia visible era una pequeña placa de la bandera iraquí en el hombro. (El coronel Brook me dijo: “los tipos en Ghazaliya son militaristas, bastante bien vestidos y profesionales. Muchos de ellos fueron miembros del ejército iraquí”.) Su líder, un hombre corpulento de mediana edad que llevaba un cuaderno, saludó atentamente al capitán Brooks.
Este era un día importante para los guardias. Luego de tres meses de supervisión por parte del Ejército iraquí se les iba a permitir realizar sus propios puestos de control de carretera, justo la clase de transición de la cual había hablado el oficial chiita con preocupación.
El líder le indicó a Brooks varios puntos alrededor de la intersección, los cuales él sugería como puestos de control para los guardias. Inicialmente Brooks dijo: “No quisiera enfrentarme a nadie desde aquí, necesitan un lugar donde puedan hacer una retirada”. El guardián señaló hacia una hilera de edificios y sugirió que podía ser un lugar ideal para montar la oficina de la Guardia, donde podían descansar los hombres. Brooks respondió: “No quiero que queden aislados”. Sugirió que colocaran un puesto con carpa en el mercado.
Demandas e impaciencia
Mientras el capitán Brooks caminaba, se le acercó un tendero, quien le señaló los desechos que se encontraban en la calle. Brooks contestó que enviaría al “camión de succión”. Otro hombre se quejó de la electricidad y un tercero dijo que el barrio necesitaba de un camión de agua “para controlar el polvo”. Brooks puso los ojos en blanco, y dijo: “Puedo arreglar muchas cosas, pero no hay gran cosa que pueda hacer para controlar el polvo”.
Al seguir su camino se le acercó una mujer que le dijo que su hijo, uno de los miembros de la Guardia, había sido arrestado hacía algunos días. Y no sabía nada de él.
Mientras la mujer conversaba, sonaron disparos desde el otro extremo de la plaza; uno de los guardias había disparado una ronda de advertencia cuando un automóvil no atendió su orden de detenerse.
Brooks envió a sus hombres a revisar la posición. “Miren a ver si se puede arreglar para que las personas tengan mayor tiempo de reacción”, dijo. Regresando a su conversación con la mujer, le dijo que trataría de buscar información acerca de su hijo. Dijo también que en pocos días abrirían una oficina en la localidad para que los residentes pudieran obtener información acerca de los detenidos.
Ya era mediodía, el calor era intenso y Brooks comenzaba a impacientarse. Otro grupo de tenderos lo asediaba, quejándose de las basuras regadas por el campo cercano a sus tiendas. Brooks señaló una gran canasta de alambre, era una de varias que sus hombres habían colocado en los lotes vacíos alrededor de Ghazaliya. Cayó en cuenta de que estaba casi vacía y que la basura estaba regada a su alrededor. Los desafió: “¿Por qué me debería importar su basura si a las personas de aquí no les importa?”.
Regresamos al Humvee. Al salir de la plaza de Mercado, Brooks gritó al conductor para que se detuviera y saltó del Humvee maldiciendo en voz alta. Con paso firme caminó hacia un hombre sentado bajo un árbol con una mesa repleta de chocolates, papas fritas, cigarrillos y algunos juguetes de plástico barato. Brooks agarró una pistola plástica y un AK-47 de juguete y los blandió frente al tendero. “¿Qué es esto?”, gritó. El tendero, que había sonreído tímidamente cuando Brooks se aproximó, se derrumbó ante la aprehensión. “Son sólo juguetes, para los pequeños”, dijo en tono conciliador, manteniendo una sonrisa temblorosa. Un Terp alto y enmascarado llamado Leo traducía las palabras para Brook.
“¡Es un idiota!”, le gritó Brooks. Leo dijo algo en árabe. “¿Qué cree que sucederá si en la noche uno de mis hombres ve una de estas apuntándole?” Brooks blandía la pistola de juguete frente al tendero. “Así van a matar a más niños en esta área de lo que hace Al Qaeda”. Brooks exigía una respuesta. Leo nuevamente habló con el vendedor, quien contestó que no era el único que vendía pistolas de juguete, que había un puesto de venta frente a las oficinas municipales de Ghazaliya. “Todo el mundo las vende”, dijo.
Pétreo, Brooks escuchó las palabras. Luego, dando un paso atrás, escupió frente a la mesa del tendero. Gesticulando con el puño de dijo: “¡Usted me enferma, asesino de niños!”, y se volteó para irse. Un par de pasos más allá, se volvió y pateó una nube de polvo hacia el tendero. “Vamos”, gritó. Brooks se mantuvo en silencio durante el viaje de regreso a la Estación de Seguridad Conjunta Thrasher.
De regreso en la base le pregunté a Leo sobre el intercambio. Me contestó que no había traducido “exactamente” lo que el capitán Brooks había dicho. “Sus palabras eran verdaderamente insultantes. Si le hubiera dicho al vendedor exactamente lo que había dicho se hubiera ofendido muchísimo”.
“Si los sueltan, los mato”
Algunos días después de verme con Um Jafaar, la madre con sed de venganza por la muerte de su hijo, Karim planeó una reunión para que conociera a Amar, su otro hijo. Amar era un hombre corpulento de unos 30 años, cabeza rapada y una cara carnuda con grueso bigote. Tenía un aire de serenidad muy desconcertante, y descubrí que era difícil mantener contacto visual con él durante mucho tiempo.
Amar hablaba en un tono de voz monótono y seguro. “Jafaar tenía diez dedos, cada uno de ellos equivale a diez tipos del Jaish al-Mahdi”, dijo. “Decidí tomar mi venganza con 100 de ellos. Hasta ahora he matado a 20”.
Le pregunté si contaba los que habían ayudado a los estadounidenses a capturar. Amar negó con la cabeza. “Algunos están en prisión”, dijo. “Si los sueltan, los mato. Si no, mataré a sus hermanos o a sus padres. Hoy tengo uno en mente”. Hablaron con Karim un momento en árabe. Volviéndose hacia mí, Karim dijo: “Este lo merece. Ha matado como unas 300 personas en Bagdad”.
Amar habló de un barrio cercano. “Allí llevo a la mayoría de las personas y las mato”, dijo. “Está a dos minutos del distrito sunita de Hay al-Adil. El Jaish al-Mahdi cree que son los de Hay-al-Adil quienes los están matando”. Amar sonrió débilmente. “Vienen conmigo como si fueran mis amigos. El Jaish al-Mahdi confía en mí”.
Amar dijo que también invitaba a los hombres de Mahdi a una bodega de su propiedad. “Los invito a comer o tomar, a las carreras de pichón… Invento diferentes historias”. Una vez allí, les ofrece té o dátiles con sustancias adormecedoras. “Cuando se duermen les disparo a la cabeza. O les corto el cuello”.
“Los estadounidenses son demasiado honorables, demasiado limpios”, dijo. “Deben matar a estas personas. Son sucios. Igual, si no los matan, lo haré yo. Ayudar en los arrestos hace que no sospechen de mí”.
Amar había cometido errores antes de la muerte de Jafaar, bebía y estaba con mujeres. Al buscar vengarse se había acercado a Dios, y eso era parte de lo que lo mantenía en curso. “Dios quiere que mate a estas personas. Matar gatos es haram, pero matar al Jaisj-al-Mahdi es bueno”, dijo. “Ellos han estrangulado sunitas honestos delante de mí. No hay diferencia entre los sunitas y yo. Siento ira al pensar en esto. Los Mahdi ya no son lo que eran antes. Asesinan a sunitas y chiitas sin razón alguna. Si voy al infierno, estaré bien, porque obtuve mi venganza”. Luego agregó: “Honestamente la única noche que no dormí bien fue después del primero, porque no había matado antes. Pero después de esto ya fueron normales”.
Volví a hablar con Karim. Me dijo que algo había sucedido, que parecía que el Ejército Mahdi se había percatado de la participación de Aman en las matanzas. Karim le recomendaba huir de Bagdad, por lo menos durante un tiempo. Si no lo hacía seguramente se convertiría en un blanco para sus enemigos. Por el momento Amar estaba manteniendo un bajo perfil.
¿Ha valido la pena?
Sentado una tarde en el gimnasio del tejado de la estación Thrasher con el capitán Brooks, le pregunté si sentía que su labor era apreciada por las personas en casa. “Sí creo”, contestó. Mirando a uno de sus subalternos que se encontraba sentado allí, fumando, le preguntó, “¿Qué piensa usted, sargento Cochran?
Bajando la voz, Cochran respondió: “Cuando la bala pasa junto a mi cabeza, la política sale volando por la ventana. Mi único pensamiento es sacar a mis hombres con vida”.
“Gracias por citar Black Hawk Down, sargento Cochran”, contestó Brooks. Volviéndose hacia mí, Brooks continuó: “La última vez que regresé a casa fuimos a esquiar a Colorado. Dondequiera que fuéramos la gente me agradecía. Un hombre me dijo: ‘no apoyo la guerra, pero apoyo a los soldados’. Eso lo puedo aceptar. Tenemos un sistema que permite la libertad de palabra. Mierda, me pongo el uniforme para defender eso”.
Parecía que Brooks sentía que su labor en Irak era valiosa. Sentía que por el momento el país aún necesitaba de la ayuda militar estadounidense, tanto en su rol de pacificadores como en el de combate. “La población sunita aún siente temor a las milicias chiitas y a que la violencia comience nuevamente”, dijo Brooks. “Hemos visto que Al Qaeda ha intentado volver a encender la violencia sectaria pero, dando crédito a la población, no lo ha logrado, por lo menos hasta ahora”, continuó, golpeando la mesa con los nudillos.
“Aun hay mucho trabajo por realizar en esta área a nivel de reconciliación nacional. Ghazaliya es un microcosmos de lo que deberá enfrentar la totalidad de Irak. El Grupo de Estudio Iraquí dijo que la reconciliación nacional era esencial, y estoy de acuerdo. Hasta que los iraquíes no resuelvan sus temas sectarios entre sunitas y chiitas va a ser muy difícil que el progreso sea sostenible”, aseveró Brooks.
Le pregunté si pensaba quedarse en el Ejército cuando terminara su estadía en Irak. Me miró cándidamente y contestó que aún no lo sabía. “Cuando regrese a casa me iré de vacaciones y luego tomaré la decisión”.
Cuando le pregunté cuánto tiempo creía que Estados Unidos permanecería en Irak, se quedó pensativo y después de un tiempo contestó: “No estoy engañándolo, pero en realidad depende de lo que el gobierno controlado por los civiles estadounidenses decida sobre cuáles son sus objetivos, y lo que éste le diga al Ejército”.
Brooks continuó: “Las cosas van bien. A nivel local hemos logrado alcanzar todas las metas propuestas. Es una guerra de guerrillas y es diferente a lo que normalmente se asocia con la guerra, es decir, ‘la victoria se ha alcanzado’. Siento que la victoria llegará y no me daré cuenta que llegó, sino que en algún momento indeterminado miraremos hacia atrás y caeremos en cuenta de que hemos ganado”.
* Originalmente publicado en The New Yorker. Copyright © 2006 Jon Lee Anderson.