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El Efecto Obama

Andrés Hoyos
04 de noviembre de 2008 – 08:41 p. m.

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LO MÁS SEGURO ES QUE CUANDO SE publique esta columna Barack Obama ya sea presidente electo de Estados Unidos. Si no es así, pido las mismas disculpas que deberá pedir un montonón de gente, incluyendo a casi todos los encuestadores.

Pero gane o no, el Efecto Obama es claramente detectable en el mundo. Tomemos a este agrietado y virulento país de la esquina noroeste de América del Sur como ejemplo. Desde hace mucho los colombianos vivimos una guerra cruenta y absurda, que a partir de 2002 adquirió una mediana intensidad. En mi opinión, la guerra contra las Farc es una guerra justa, lo que lamentablemente no quiere decir que sea una guerra limpia. En realidad, ya no existen las guerras limpias y menos en estos tiempos en que los combatientes comprendieron que les conviene entreverarse con la población civil para lucrarse de ella y evitar bajas. En las guerras de hoy, incluso en las justas, mueren siempre muchos inocentes.

Lo que sí se puede hacer es limpiar la guerra, y en Colombia, no sólo los actores paraestatales –la guerrilla y los paramilitares– optaron por lo contrario. Da grima decirlo, pero un grupo muy amplio de agentes del Estado ha incurrido en prácticas atroces de tiempo atrás. Uribe intensificó la guerra y potenció decisivamente a las Fuerzas Armadas, y eso estuvo bien, pero lo que estuvo mal fue lo poco que hizo por limpiar la guerra. Esta indolencia, sin embargo, duró hasta la semana pasada, en obvia coincidencia con el resultado probable de las elecciones americanas. Entonces el Gobierno licenció a 27 altos oficiales, incluyendo a tres generales, por fallas en el servicio, una medida que tendría que haber tomado hace años: expulsar a los que por acción u omisión permiten las muertes fuera de combate, es decir, los homicidios.

¿Qué cambios de fondo ha habido en tiempos recientes, aparte del surgimiento de Obama, que expliquen la nueva actitud del Gobierno? Un par: la ventaja militar es cada vez más amplia, lo que quizá permita y hasta exija una reformulación de la estrategia. Está, además, el visible desgaste de la gobernabilidad de Uribe. Pero no cabe engañarse, el cambio fundamental que obliga a la nueva política del gobierno tiene nombre propio: se llama Barack Obama. Los problemas que plantean Human Rights Watch y demás defensores de los Derechos Humanos no son con ellos en sí, pues muchas veces en el pasado, bajo la mirada indiferente de Bush, el Gobierno colombiano los ha desestimado, sino la influencia que tendrán en la nueva administración. Otro tanto puede afirmarse, por ejemplo, de la notoria abstinencia de Uribe a la hora de forzar a los corteros de caña a volver al trabajo. En este momento no es bien visto acabar con las huelgas, de modo que a los ingenios les tocará negociar. Puede, incluso, que el Efecto Obama lleve en últimas a Uribe a no buscar la segunda reelección.

Por una vez puede hablarse de un círculo casi indudablemente virtuoso. Disminuirá el sufrimiento de la gente por un menor abuso de las fuerzas oficiales, al tiempo que éstas adquirirán mayor legitimidad, lo que en últimas también significa mayor efectividad militar.

El Efecto Obama es obviamente mundial. ¿Qué tan significativo y profundo será? Por lo pronto empieza la luna de miel; más adelante vendrá lo problemático. Yo sigo teniendo mis dudas de que Obama pueda dar los grandes virajes que no sólo su país, sino el mundo, necesitan. Pero McCain hubiera sido mucho peor.

andreshoyos@elmalpensante.com

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