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Obama, el poder de las ideas simples

Santiago Montenegro
02 de noviembre de 2008 – 06:52 p. m.

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SI NO SUCEDE ALGO INUSUAL, BARACK Obama será elegido mañana Presidente de los Estados Unidos.

Será un hecho extraordinario por ser el primer presidente negro de ese país y por su juventud; por su meteórica carrera política, pues tan sólo en enero de 2005 juró como senador; por derrotar al clan de los Clinton, uno de los más poderosos y con una de las maquinarias mejor aceitadas de los Estados Unidos. Por llegar con una plataforma de izquierda, moderada para muchos, pero que en un país como Colombia sería considerada revolucionaria; porque ha movilizado el voto, no sólo de los negros, sino de los jóvenes y de los abstencionistas. Así, no es exagerado decir que, quizá desde la llegada de Andrew Jackson a la Presidencia en 1829, no se producía una sacudida política tan profunda como con la llegada de Barack y Michelle Obama a la Casa Blanca.

¿Qué hizo posible el fenómeno de Obama?  Quizá tres razones: él mismo, la fortaleza de la democracia de los Estados Unidos y, por la vía negativa, el fracaso estrepitoso de gobierno del segundo Bush. Hoy voy a referirme a Obama como persona. Se ha mencionado el color de su piel, el ser hijo de un estudiante extranjero keniano en los Estados Unidos y nieto de un cocinero de los británicos en África. Todo eso es cierto. Pero creo que no se ha enfatizado suficientemente en que será el más intelectual entre todos los presidentes que habrán tenido hasta ahora los Estados Unidos.  Graduado en Columbia y Harvard, Obama es además uno de los mejores oradores. Pero en esto tampoco podemos equivocarnos. Si los demagogos utilizan las ideas como instrumentos decorativos de sus discursos, Obama, como los grandes políticos, utiliza su extraordinaria oratoria para presentar sus ideas con contundencia y claridad. Así, está a la altura de Lincoln, los Kennedy, King o Reagan. Sin duda, Obama dice lo que piensa pero, sobre todo, piensa lo que dice. Y, más que eso, escribe lo que piensa y luego lo dice. El mejor ejemplo de esta máquina de ideas, que es la mente de Obama, fue su discurso el 27 de julio de 2004, durante la convención del Partido Demócrata.

Esa noche, Barack Obama se hizo conocer nacionalmente y la historia seguramente dirá que en ese momento, sin ser aún senador, comenzó su elección a la Presidencia. En un país azotado con dos guerras, una crisis económica que se vislumbraba y con uno de los gobiernos más arrogantes de la historia, Obama, más que a su partido, le habló al país sobre dos ideas. Primero, sobre la necesidad que tenían los Estados Unidos de mantener un equilibrio entre el individualismo de sus gentes y su proyecto colectivo. “Estamos conectados como un solo pueblo”, dijo, para enfatizar que “no hay una América liberal y otra conservadora, hay una sola nación, los Estados Unidos de América”. Y frente a la política del cinismo, habló de la política de la esperanza, de la “audacia de la esperanza”, término que se convertiría en el título de un libro que batió récords en ventas en 2006.  “El mayor regalo que nos ha dado Dios es poder creer en cosas que no vemos, poder creer en que los mejores días están por venir”, afirmó.

Estos principios parecen demasiado simples y elementales. Pero de allí se derivan todas las políticas que ha propuesto durante la campaña y que, a partir de enero de 2009, tendrá que ejecutar como gobernante. Sólo entonces sabremos si, además de ser uno de los mejores candidatos, será uno de los mejores presidentes de los Estados Unidos. 

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