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NO SABE EL SER HUMANO, CUANDO transmite la vida, cómo opera ese milagro biológico, de qué modo insondable, que hoy puede producirse en laboratorio, es cierto, pero a partir de los mismos elementos misteriosos de su origen. Se puede decir que el hombre y la mujer son instrumentos en la floración de la vida, pero no pueden crearla.
No pasa lo mismo con la muerte. Con cualquier medio destructivo, salido de la mano del hombre, la frágil condición humana perece, a voluntad del agresor. Medios de destrucción, que llamamos armas, y que en manos de muchos son un juguete con que se amenaza, se enseñorea, se ejerce la libido dominandi sobre los demás y se borra del entorno al indeseable.
Es, por tanto, de una enorme responsabilidad el uso de las armas y las sociedades constituidas como estados tienen la majestuosa –y privativa– potestad de su uso. De este poder legítimo sobre las armas derivan esos mismos estados la interpretación errónea de considerarse dueños de la vida de los asociados. Legalizan las muertes con sofisticadas leyes y procesos penales para infligir el castigo máximo, sin que tengan para ello la autoridad natural, como que no han creado la vida que destruyen.
A tal punto que “legalizar” es palabra clave en el argot militar y tropero para dar a entender que una muerte puede ser fácil de explicar en papeles, con sellos y constancias de enfrentamientos, que no han sido reales. O que, siendo reales, permiten cobijar bajas con el manto de la confusión. La misma tropa mata a los suyos con fuego amigo, como tantas veces se ha visto y tantas otras se ha ignorado para siempre.
Hay en el uso de las increíbles máquinas para suprimir la vida una latente cobardía. El ser humano inerme se enfrenta a otro que puede más que él, que tiene, por virtud de un “fierro” –siempre que no se le encasquete– la posibilidad de quitarle lo más preciado de la existencia, que es ella misma, sin ambages. Ese cobarde armado se patentiza en las simulaciones del cine, cuando, vencido y dominado, se convierte en víctima de su propio instrumento de destrucción. El morbo del cine se regodea con estos contrastes anímicos.
Muy cobarde, amén de asesino, es el militarismo que busca entre la población anónima a quién pueda suprimir, sin que tenga allegados en la región lejana adonde conduce a sus víctimas. No tiene nombre lo que ocurre en situaciones como éstas, bajo la protección oficial y al amparo de las leyes. Seres humanos muertos por armas cobardes, son “legalizados”, ya se entiende, asesinados, bajo la cobertura del derecho.