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Libros por encargo. De autor. Gubernamentales. Corporativos. De fotografía. Ilustrados. Gran formato. Formato normal. Literatura. Filosofía. Libros. Libros.
El oficio de Benjamín Villegas es el empleo de la terquedad, el ejercicio de una pasión por un objeto, las ideas y las palabras. No guardián, no mesías, tal vez sí pionero. Villegas parece apuntarle a una forma de la inmortalidad a través del libro. “Un libro bien hecho y bien encuadernado va a permanecer”.
Fue en los años setenta que Benjamín Villegas —nacido en 1948 en Bogotá— se introdujo en los meandros del mundo editorial. Lo hizo de una forma azarosa: fundó en el Gimnasio Moderno una revista titulada El Alepruz. La revista acabó en el segundo número, dice, “como pasa con todas esas aventuras”. De allí saltó a El Aguilucho, la publicación tradicional de ese claustro, que dirigió en su último año.
La obsesión por el detalle, el cuidado casi maniático de las pequeñas cosas, los pasos mínimos que terminan por anudar el todo. Tal vez sea una definición de editar: la mirada siempre vigilante, casi compulsiva, que observa la margen y los espacios y el aire entre imágenes. Una compulsión por la que se puede aspirar a la simpleza, quizá.
Y el azar siguió jugando y lo llevó a estudiar arquitectura en la Universidad de los Andes, una profesión en la que se sentía en su elemento, pues sabía dibujar, tenía cierta habilidad y curiosidad estéticas. Su vocación por los libros la había adquirido desde temprana edad, cuando sus padres le leían a Perrault, Hans Christian Andersen, los hermanos Grimm, y luego, cuando por decisión propia buscó a otros autores. Sin embargo, su meta era graduarse como arquitecto. Esos eran los planes. Pero las publicaciones se atravesaron de nuevo y, en los primeros semestres, fue contactado para editar y componer la revista Lámpara de Esso. “Me llamaron —dice— porque pensaban que yo sabía más de lo que realmente sabía”.
De 1973 a 1986, cuando creó Villegas Editores, fueron años de aprendizaje: fundó las revistas Presencia y Mutis —en la Universidad Jorge Tadeo Lozano—, editó un par de libros del Gimnasio Moderno, creó Benjamín Villegas y Asociados —en una oficina en la que compartía secretaria y espacio con amigos arquitectos— y adquirió un grado honorífico como diseñador gráfico. Se casó en 1971 y ya era tiempo de organizar, de poner carne a sus ideas. “La vida lo va llevando a uno por un camino y hay que analizar las posibilidades, porque lo que va entregando la vida en trabajo, uno lo absorbe, le va a enseñando el gusto, al punto que abandona una decisión aparentemente clara”. Eso sucedió: jamás se desempeñaría como arquitecto, sino que, más bien, haría libros sobre arquitectura. Y sobre arte, biología, economía, historia: allí están los tomos de gran formato que continúa explorando.
Su experiencia no se limitó al mundo editorial. En 1979 fundó TV Trece, una productora que permaneció hasta 1982, y también por ese tiempo participó en la creación de dos documentales. Pero el oficio de hacer libros lo halaba más. Por ello, la creación de Villegas Editores fue un suceso natural, dado que buscaba abrirse un espacio mayor y deseaba un proyecto más amplio. Ya había editado su primer libro en 1973, un encargo de parte de la Presidencia de ese entonces sobre las relaciones colombo-venezolanas. La experiencia en Villegas Editores sería diferente: buscaría editar libros de autor y colecciones que, en algún sentido, recuperaran y reunieran conocimiento.
Los objetos que produce Villegas Editores, más allá de sus intenciones (si son un encargo de un departamento de mercadeo o la ópera prima de un autor), se antojan absolutos: como bloques de un material que, en su conjunto, se ofrece pulido y rotundo. Cosas pensadas para durar y resistir con elegancia y belleza, como piedras de río.
El libro objeto como apuesta editorial, como declaración de principios. “Me parece que un libro que se merece estar en una mesa es porque es un libro bello, interesante, atractivo, que además tiene la connotación de que es el primer libro con el que entran en contacto con los niños”.
En un mundo entregado a la adoración de la imagen, crear, curar buenas imágenes es una tarea de resistencia, una carrera contra la corriente y el vasto volumen de la información en pro de la velocidad media de un libro que ofrece una mirada quizá no tan abundante, pero más plena. El cuidado por la estética, la consciencia de que el diseño pesa, es asumido por Villegas como una suerte de mantra, una consigna no pronunciada que se ha establecido como el corazón de su obra y empresa.
“He tratado de entender que cada libro es un elemento diferente, que debe tener una personalidad propia, y que aún en muchos de los casos en que los formatos son limitados, se pueda distinguir entre un libro de arte y otro de arquitectura”. Más tarde dirá: “He logrado sobrevivir. Sigo siendo pequeño e independiente”.