Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
HE VISTO FOTOS DE LOS TRANSEÚNtes curiosos que, al caer la tarde del 5 de septiembre pasado, se detenían ante la puerta del hotel Adlon, en la avenida Unter de Linden, mientras un abrumador cortejo de 80 cámaras grababan para la televisión planetaria fragmentos del documental que se llamará 24 horas Berlín.
Zero One, la productora del documental, pretende que sus imágenes compitan con la mirada de Dios. Quiere registrar cada latido de la ciudad: escenas de pasión, de celos, partos, entierros, encuentros furtivos, enfermos en las salas de emergencia de los hospitales. Esa pretensión de absoluto ignora que, por minuciosa que sea la representación del presente, a las cámaras se les escurre el pasado. Lo que estuvo alguna vez en un lugar ya no está más, y quizá lo que se ha perdido sea la razón de ser de ese lugar, el detalle esencial que sobrevivirá en los cielos de la historia.
En un álbum sobre la Berlín ya desaparecida he visto fotos de otros paseantes frente al hotel Adlon. Fueron tomadas en 1933, hace 75 años, poco antes de que los nazis avasallaran el poder y abrieran las puertas de un terror hasta entonces desconocido. A diferencia de las fotos de este septiembre, las de 1933 parecen las de una ciudad sumergida bajo las aguas. Las imágenes están disueltas en una luz turbia y los autos se ven como congelados en un horizonte de sueño.
Frente al hotel Adlon, a pocos pasos de la Puerta de Brandenbugo, la avenida Unter den Linden estaba cortada entonces por un cantero donde languidecían los tilos. El cantero ya no existe, y los autos del presente se estacionan con indiferencia sobre esa frontera del pasado.
He visto fotos de los toldos que festoneaban la avenida en 1933: los toldos del hotel Adlon y los del café Schön, con mujeres de boina en las terrazas fumando pensativamente un cigarrillo, y hombres de peinado chato, rígido de gomina.
Tanto el Adlon como el Schön fueron destruidos por la guerra y ya nadie recuerda si el café y el hotel que ahora llevan esos mismos nombres se les parecen en algo. Pero las mujeres de boina siguen asomándose tras las cortinas del pasado, bajando de un tranvía o atravesando las verjas doradas de la Kurfürstendamm —la calle a la que todos llaman Ku’damm, eje del antiguo Berlín occidental— con el cigarrillo todavía en alto, inmunes a las averías del tiempo.
He visto, en el álbum de 1933, fotos de ciclistas, de tranvías, de vendedoras de flores confiadas en el futuro. Entonces casi no quedaba futuro, pero los berlineses no lo sabían y se aferraban a la vida con desesperada felicidad. Es difícil reconocer en la ciudad desafiante descrita por el documental de Zero One —una Berlín detenida en la eternidad del puro presente— algunas briznas de la capital que los nazis prometían rescatar de un pasado decadente mientras se preparaban para sumirla en un futuro de desgracias.
Muy pocos años antes de aquellas fotos de 1933, Berlín creía que su disipación y su locura no tendrían fin. Los travestis bailaban y se besaban en los cabarets, mientras en los escenarios se sucedían los payasos y las canciones de doble sentido.
En los cafés se expresaban sin miedo los hermanos Heinrich y Thomas Mann, Bertolt Brecht, el dibujante George Grosz —padre de las sátiras gráficas— y el gran director Fritz Lang, a quien Adolf Hitler y su ministro Joseph Goebbels querían encomendar la creación de una empresa nazi de cinematografía para competir con Hollywood. Apenas Lang lo supo, tomó el primer tren a París y se refugió en los EstadosUnidos, donde todo era mejor pero nada era lo mismo.
En el Berlín de Zero One, la capital parece haber renacido con un espíritu nuevo. Los berlineses hablan de sus proyectos y, aunque las culpas del nazismo siguen atormentándolos —o acaso por eso mismo— trabajan para el futuro con la energía de un recién nacido.
La historia es cíclica y ciertos hechos persisten en regresar. El 10 de mayo de 1933, hacia las siete de la tarde, una procesión de 3.000 estudiantes convergió en la plaza de la Opera, medio kilómetro al oriente del hotel Adlon, y levantó una gigantesca pila de leños.
Sobre el altar del sacrificio, la muchedumbre bárbara arrojó libros de Jakob Wassermann, Stefan Zweig, Erich Maria Remarque, Heinrich Mann, Walther Rathenau, Albert Einstein y Hugo Preuss, que había redactado la constitución democrática de la República de Weimar.
El holocausto incluía también, con voracidad universal, a escritores no alemanes: Jack London, H.G. Wells, Helen Keller, André Gide, Emile Zola. Las bibliotecas de los alrededores fueron saqueadas y el propio ministro de Propaganda, Goebbels, en riqueció el túmulo funerario con unos 10 a 12 camiones llenos hasta el tope de Talmudes, Biblias, misnás y otros corderos propiciatorios del sacrificio judío.
El historiador William L. Shirer, que estaba en la plaza, refiere que un oficial de las S.A. clamó en ese momento: “¡Matemos a los escritores! Matemos a los periodistas!”.
Y el narrador norteamericano Christopher Isherwood, que contemplaba desde la ventana de su hotel aquel espectáculo de pesadilla, recordaría más tarde: “Eran hombres dispuestos a matar, a violar, a cualquier allanamiento de la libertad o de la persona que pudiera saciar sus infinitos resentimientos. La ciudad entera yacía bajo un temor contagioso. Pude sentirlo en mis huesos, como si fuera una gripe”.
La otra alma del pueblo alemán (pues había otra) yacía aquella noche entre las cenizas, aunque aún seguía viva. He visto fotos de cuando esa alma volvió a levantarse, el 5 de septiembre pasado. Un puñado de estudiantes —no eran 3.000 pero eran muchos— caminó por la avenida Unter den Linden hacia la antigua plaza de la Opera, que ahora se llama August Bebel, en memoria de un político radical que amaba los libros.
Los estudiantes dejaron un colchón de flores en el mismo sitio donde hace 75 años se alzaba la infame pira de los nazis. Sobre las flores depositaron algunos de los títulos incinerados: obras de Sigmund Freud, Franz Werfel, de Stefan Zweig, de Thomas Mann.
He visto esas imágenes entre los fragmentos de 24 horas Berlín que los amantes de la ciudad captaron mientras se grababa el documental. Los lugares siguen en pie, transfigurados por la memoria, pero la Berlín de 1933 es el reverso negro de esta Berlín que trata de redimirse en 2008.
La historia es cíclica pero, cuando algunos hechos del pasado regresan, los seres humanos son felizmente otros.
Novelista y periodista argentino.c.2008 Tomás Eloy Martínez