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La acera de enfrente

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NO PINTA NADA BIEN EL MUNDO actual y luce más descolorido todavía el futuro a juzgar por las palabras que nos entregaron los galardonados con los premios Príncipe de Asturias 2008.

Con el pelo recogido en casto moño y vestida en un tono berenjena, el color del compungimiento cristiano, Íngrid Betancourt se presentó ayer en el teatro Campoamor de Oviedo en España para recoger el suyo, el de la Concordia. La colombiana más emblemática de todas habló ante un público que la escuchó fervoroso y conmovido. Se vieron pañuelos cubriendo rostros y manos masculinas desapareciendo con disimulo algunas lágrimas.

En su discurso, Íngrid ensartó con la habilidad política que la caracteriza —desde que la ‘Operación Jaque’ nos la devolvió— palabras de reconocimiento a sus compañeros de premio (al tenista Nadal y los partidos que escuchó por radio y nunca vio, a los fundadores de Google por el correo gmail que ahora utiliza, a los científicos que investigan cómo vencer la malaria que ella misma experimentó y a la magnífica escritora canadiense Margaret Atwood, por ser una escultora de la palabra. Creo que quedaron profundamente sorprendidos. Hasta el impertérrito lingüista Todorov se apretaba el auricular de la traducción simultánea al oído. El autor de La conquista de América. El descubrimiento del otro seguía el discurso de Íngrid después de él mismo haber declarado que los extranjeros —en referencia a los inmigrantes y no a los turistas que transitan por países distintos a los suyos de origen— no pueden ser mirados como una humanidad inferior. Atwood también se pasó a la acera de enfrente, la de la conciencia, la de la solidaridad y la de la no indiferencia —por utilizar la expresión que acuñó Íngrid en su exposición— para recalcar la necesidad de reimaginarnos en nuestra relación de seres humanos con el mundo.

Tuve la suerte de oír todas estas hondas y seguramente muy sinceras reflexiones desde una posición privilegiada durante las dos horas y treinta minutos que duró la ceremonia transmitida por televisión: ante el cabo William Pérez. Sí, gracias a una invitación hecha por RTVC, participé en un espacio conducido por Ignacio Greiffenstein para seguir a Íngrid en lo que ella calificó “su más importante cita desde mi liberación”. Y El Cabo, si me permite la jerarquía militar transgredir todo el escalafón ante este hombre heroico, abría sus ojos y seguía la pompa propia del evento con la misma mirada de guajiro intacto con la que escuchó atento a su ex compañera de cautiverio. El Cabo también, como el propio Príncipe de Asturias en su discurso de cierre, aludió a la realidad terrible de las guerras como el mayor impedimento para la Concordia. Pérez nos recordó a todos que la cita propuesta por Íngrid para la marcha mundial por la liberación de los secuestrados en Colombia el próximo 28 de noviembre es necesaria y urgente. Que la Navidad es una lápida en la selva. Cuando Íngrid agita las conciencias y llama a despercudir la sensibilidad que en algún lado guardamos me inquieta saber cómo se llamará eso que ella clama: actividad política, movimientos civiles, gestión humanitaria… ¿Qué, cuál es la fórmula para que su convocatoria tome cuerpo real y amplio? Vuelvo a fijarme en los ademanes tranquilos con los que El Cabo William mueve sus cuidadas manos, su tono pausado, sus palabras concretas y sabias. Ahí descubro un destello: quizá sean El Cabo, Íngrid y los que pasaron el horror del secuestro quienes nos tengan respuestas más acertadas. Más que Todorov y la propia Atwood, me temo. Porque ellos tocaron el fondo y saben el lodo resbaloso sobre el que se apoya en buena parte nuestro mundo, el de hoy, el del futuro. Yo me uno a la senda de El Cabo. Que es la acera de Íngrid.

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