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CUANDO LA GOBERNADORA SARAH Palin subió a la tarima de la Convención Republicana para aceptar su postulación a la Vicepresidencia de los Estados Unidos, y pronunció un discurso que sorprendió al mundo, se pensó que John McCain había superado los lastres del gobierno de Bush y que su candidatura tomaría la fuerza que requería para mantener a su partido en el poder. Subió en las encuestas el mismo día y la presunción de derrota se trocó en certidumbre de victoria.
Pero faltaba lo más importante: el desempeño de la figura política de Sarah Palin, que no dependía sólo de su silueta, su simpatía, su sonrisa, sus guiños, su ternura y su empleo. Era preciso que la opinión norteamericana comprobara si las cosas afirmadas en el discurso correspondían, de veras, a la formación y las ejecutorias de quien lo pronunció, sobre todo en una oportunidad en que la crisis financiera y los severos problemas de política exterior revolvían las aguas del proceso electoral.
Allí comenzó el vía crucis, porque el desempeño ha demostrado que la señora Palin carece de las condiciones que el vicepresidente de un candidato de 72 años, enfermo y con secuelas físicas y síquicas de una guerra cruel, necesita para suplir al titular en caso de muerte o retiro. Ante una pregunta sobre el paquete de medidas aprobadas por el Congreso a raíz de la debacle de Wall Street, su respuesta fue una cantinflada en inglés que puso en duda la seriedad de su misión.
¿Será que la desfiguración de la política está tan generalizada que toda una gobernadora de un Estado de la Unión, y eventual vicepresidente de su país, la ve y la ejerce como si estuviera en un show de entretenimiento? ¿Midió McCain las consecuencias del fiasco que se buscó? ¿Por qué se afanó la gentil dama en destruir con las zapatillas la fascinación que había suscitado con su rostro de gitana y sus anteojos de tejedora?
La frivolidad de la gobernadora y los aciertos escénicos de Tina Fey se sumaron, sin duda, al rigor con que Barack Obama y Joseph Biden adelantan su campaña, enterados de lo que sucede en los Estados Unidos y en el mundo, imaginando soluciones para una economía traumatizada, sugiriendo diálogo con países que pondrían en peligro la paz internacional, proponiendo fórmulas para enfrentar los impactos del cambio climático, anunciando reformas al sistema de salud, tratando de aplicar con equilibrio la equidad tributaria y viendo, en fin, cómo se recompone una potencia golpeada por los excesos de un mercado sin brújula ni controles.
Todo ha sido para bien. Washington tendrá que timonear un giro que, de aplazarse o frustrarse, les abriría camino a las potencias emergentes, y no serán la experiencia de McCain como militar condecorado, ni los fárragos mentales de la señora Palin, los augurios de la transformación que el imperio destruido por Bush clama para restaurarse. Hasta los republicanos apasionados de los estados claves saben que su futuro, el de sus hijos y el de su nación, lo garantizan mejor otras ideas y otras manos que no son las de su partido y sus jefes. Palo, y no Palin, es lo que le espera a mister McCain.