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Ese niño, que cambió los juegos en el parque, la pelota y las capas de Batman por un control y sus respectivas instrucciones. Ese niño, que comenzó a oír verdades y verdades en un salón de clases desde los tres años. Ese niño, que fue creciendo con horarios para comer y dormir, para descansar y estudiar, para llenarse los ojos y las manos de muñecos que parecían salirse del televisor, y para colorear y pintar lo que en clase le decían que debía pintar y colorear. Ese niño, que pasó luego de los profesores que le enseñaban a leer bajo techo, a profesores que le enseñaron a jugar tenis, fútbol, a tocar piano, a reírse, a actuar, a bailar. Ese niño, que iba y volvía de su casa a la escuela en un bus perfectamente climatizado.
Ese niño, que hacia donde se asomaba veía fórmulas de felicidad, y repitió la lección de que la felicidad eran el amor, el hogar, el dinero y un trabajo, y nada más. Ese niño, que veía en la televisión y en los diarios y en internet a los mismos futbolistas y actores y cantantes, que no decían nada o como máxima proeza repetían parlamentos, y se veía en ellos, y quiso repetirse en ellos y con ellos, y soñó con ser futbolista, actor o cantante. Ese niño, que aprendió a quejarse y recibió a cambio un mimo, que acusó al otro porque el otro no era de su gusto y recibió como premio palmadas en la espalda y un nuevo videojuego. Ese niño que no aprobó una o dos asignaturas porque el profesor lo detestaba, decía, y el profesor fue expulsado.
Ese niño, que pedía y pedía y recibía siempre. Ese niño, que en los pasillos del colegio fue escuchando que lo importante era competir y destrozar al otro, porque el otro, todos los otros, eran una amenaza. Ese niño, ya adolescente, que creyó enamorarse y buscó a una niña como él para que le diera lustre. Ese niño, ya en la universidad, que eligió qué hacer por el resto de sus días midiendo ese hacer con dinero. Ese niño, que luego quiso aprender otros asuntos y se matriculó en mil cursos, maestrías, diplomados y demás, porque sólo un aula, la voz de un profesor, y sobre todo un diploma, podían garantizarle las verdades que buscaba. Ese niño, ya en el trabajo, que cumplió horarios. Ese niño que ayer celebró 40 años de haber asistido a su primera clase. Perdón, a su primera instrucción.