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COMO NO SE MIRA SINO EL OMBLIGO —y a estas alturas el ombligo es Uribe—, Colombia no se da cuenta del aislamiento exterior en que va a quedar, con la esquizofrénica ansiedad de reelección presidencial que aquí se tramita.
Lo malo no es ni siquiera la inutilidad de la discusión interna, pues aquí se sancionan a pupitrazo limpio las iniciativas más antidemocráticas mientras se blanden las encuestas como único elemento válido de decisión. Lo peor es la pérdida de legitimidad que sufren nuestras instituciones en el marco internacional, después de que obtuvieron un repunte, por cierto muy corto.
A ojos de los observadores, no sólo se ha afectado la majestad de la Presidencia, visitada —entre muchos otros asuntillos oscuros— por tal laya de personajes que hasta el propio Comisionado de Paz censuró el hecho en entrevista con María Isabel Rueda. O ¿alguien cree en el Congreso de la parapolítica y de la yidispolítica, a pesar de que despedacen las sentencias respectivas? ¿Alguien defendería la probidad de la actual Comisión de Acusación y del Consejo de la Judicatura? ¿Alguien podría estar seguro de que el último bastión de autonomía democrática, la Corte Suprema, no fue doblegado ya por el temor al Ejecutivo? ¿Alguien duda de que la Corte Constitucional y la Procuraduría terminarán de rodillas a los pies de la Casa de Nariño? ¿Alguien metería la mano al fuego por el hermanito del ministro más importante del gabinete, Valencia Cossio? ¿O por la imparcialidad de las investigaciones sobre éste o sobre Rito Alejo del Río? ¿Alguien daría, en fin, un peso por los empleados judiciales y por los corteros de caña, cuyas aspiraciones salariales contarán a la hora de la aprobación de un improbable TLC con Estados Unidos?
Pero en el plano nacional nada de eso es importante. La guía para el gobernante y sus amigos es igual a la que indica el “Barómetro Iberoamericano”: Álvaro Uribe es el mandatario con mayor aceptación interna, 85%, lejos de quienes lo siguen en el continente. Precisamente por fundamentar en ese porcentaje cada movimiento, se vive algo parecido a un sainete nada risible: referendo para evadir por segunda vez la Constitución, con el objeto de que el regente siga del 2010 al 2014. Reforma por el Congreso, para que continúe del 14 al 18. Re-reforma para ampliar a cinco años el cuarto período, con lo que podría ir hasta el 19. Re-re-reforma para que sea el monarca vitalicio. Reforma colateral para ser senador “por derecho propio”. No es broma. Va en serio.
Pobre Francis Fukuyama, el autor del Fin de la Historia. No entendió un pito cuando el señor local José Obdulio Gaviria quiso ponerle zancadilla, muy al estilo politiquero, preguntándole por ‘A’ para que si respondía ‘Z’, se concluyera que Uribe era genial. Casi cae Fukuyama en la trampa, de no ser por la interpelación de Félix de Bedout. “Tengo la esperanza de que el presidente Uribe no quiera la (segunda) reelección”, dijo el profesor. Vana ilusión. Fukuyama no tenía por qué saber los vericuetos que posee la personalidad del Jefe de Estado. Esperemos un poco a que lo descubra, como ya lo están haciendo gobiernos, líderes y organismos internacionales. Entonces veremos qué opinan, en contravía de lo que afirman los poderosísimos “sabios” criollos.