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LA LUCHA CONTRA LA POLITIQUEría ha sido una de las banderas enarboladas por el presidente Uribe, desde los primeros días de campaña en el ya remoto 2002. Un compromiso incluido en los 100 puntos, de los cuales muchos como éste, se le han quedado en el papel. Palabras tan sólo palabras, como dice el bolero.
Desde sus inicios quedó claro que Uribe gobernaría con la clase política tradicional agrupada en organizaciones movidas por el apetito burocrático, y que su gobernabilidad dependería como nunca antes de las prebendas, los nombramientos y los favores y no de la persuasión de las ideas. Como es bien sabido entre los políticos, una cosa es el discurso para las tribunas con frases efectistas y engaños en la radio y la televisión, y otra bien distinta el manejo casi secreto de las decisiones de poder. Uribe, como todo político, prefiere el atajo a los vericuetos de los consensos democráticos, por definición más exigentes, lentos e inciertos.
La politiquería y el discurso contra ésta ha estado presente durante toda la vida democrática del país. La diferencia es que Uribe más allá de las palabras planteó un combate a fondo para desterrarla, como compromiso de gobierno. Una bandera que insiste en enarbolar, al tiempo que en la práctica traiciona con cinismo, desde las propias toldas presidenciales. Porque mientras persiste públicamente en la lucha contra la politiquería, la burocracia estatal se maneja como en una finca, con el Presidente a la cabeza de la repartija con una milimetría tan efectiva y minuciosa como la que aplica en la distribución de los ganados en los potreros del Ubérrimo.
El alud de evidencias aumenta. La revista Cambio acaba de publicar un mapa que confirma que la coalición electoral con la que el Presidente ha gobernado se mueve no al impulso de propósitos sino de nombramientos. La incondicionalidad del Partido Conservador, ha sido premiada con creces. Cuatro ministerios: Interior, Minas y Energía, Protección Social y Agricultura; la Fiscalía General; la Secretaría General de la Presidencia; las Superintendencias de Notariado y Registro, y de Sociedades; Inco; Incoder; Ingeominas; Aeronáutica Civil; Dirección Nacional de Estupefacientes; Inpec; Defensoría del Pueblo; Seguro Social y las embajadas de España, Reino Unido, Venezuela, Italia, El Vaticano, OEA, Holanda, Israel, México, Japón y Perú.
Le sigue en la vara de premios Cambio Radical, donde Germán Vargas Lleras, famoso por su voracidad, se declara cansado de su tome y dame burocrático. ¡Como de Ripley! El Partido de la U no se queda atrás, como tampoco el menguado Alas Equipo Colombia o los tan cuestionados Colombia Democrática y Convergencia Ciudadana.
La lucha contra la politiquería fue un simple enunciado electoral que se esfumó en la entrada de la Casa de Nariño, donde se cambió sin pestañear la cacareada meritocracia por el roscograma clientelista. Una práctica que se volvió tan descarada que terminó topándose con el Código Penal como en el caso del cohecho de la parlamentaria Yidis Medina para aceitar la reelección presidencial, y que muy seguramente reaparecerá sin pudor alguno, a la hora de tramitar en el Congreso dos decisiones cruciales como son la supuesta reforma a la maltrecha justicia y la segunda reelección, porque como bien dicen en la finca: vaca ladrona no olvida el portillo.