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El oro y los agujeros negros

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EN 1991 SE REUNIERON SECRETAmente tres sabios: un yuppie entusiasta (hoy neoliberal arrepentido que expía sus faltas en un convento de credo socialista); un reputado economista que repite en diciembre sus viejos trucos de prestidigitador a sueldo y prueba que el aumento del salario mínimo perjudica a los obreros; y un tierno banquero que amaga de tarde en tarde con emprender cruzadas contra la pobreza.

El yuppie era César Gaviria, el prestidigitador Rudolf Hommes y el tierno Luis Carlos Sarmiento. El trío se estrujó las entendederas y parió una de esas ideas que sólo se les ocurren a los genios más preclaros: desligar la Upac del IPC y amarrarlo a los especulativos DTF, que volaban cerca del 50% de rendimiento anual en ese entonces. El resultado fue un terremoto silente que destruyó los sueños de millones de personas, que “tumbó” más casas que los terremotos de Popayán y del Eje Cafetero juntos… Y no pasó nada, quiero decir, pasó lo impensable: el liberalismo conservó el poder en las elecciones siguientes, el prestidigitador fue declarado gurú oficial de la economía colombiana y los banqueros recibieron a regañadientes “esos ranchos” que la gente les entregaba a cambio de su límpido oro y el Gobierno los indemnizó imponiéndonos a todos la perenne tasa del 4×1.000.

El caso de las Upac, junto con el desplazamiento forzado y la parapolítica, son los hechos más graves y vergonzosos de nuestra historia, pero los autores de estas gestas ocupan hoy las más altas posiciones dentro del establecimiento. Tenía razón Darío Echandía: en Colombia no hay nada que otorgue tanto prestigio como una larga impunidad.

Tres años después del cabezazo de los tres sabios, el Gobierno y los fondos de previsión mexicanos se embarcaron cogidos de la mano en unas maniobras especulativas que generaron una devaluación en caída libre del peso y esfumaron las pensiones de millones de mexicanos. Se formó un escándalo de dimensiones internacionales, la crisis repercutió en toda América (efecto tequila), el presidente Zedillo salió compungido en televisión, dijo que la culpa era de su antecesor, Carlos Salinas (Salinas dijo que el culpable era Muchilanga), pero que tranquilos, mis cuates, que el poderoso hermano del norte les iba a inyectar US$ 20.000 millones (se cuidó de decir que México ya estaba pagando con creces la generosidad estadounidense a través del reciente y leonino tratado de Nafta) y los banqueros explicaron con paciencia que todo se debió a que más x menos = menos y que por lo tanto la madre de Dios era San Pedro.

Ahora el turno fue para los especuladores de Wall Street (parece que, por esta vez, no son los líderes latinoamericanos los que aprenden marrullas en Harvard, sino al contrario: los santurrones cuáqueros están aprendiendo trapisondas latinas). Estos genios acaban de repetir allá, con un calco exacto, el terremoto silente y descarado de las Upac. Y el gobierno americano copió la brillante solución de Gaviria: le arrojó un generoso salvavidas a la banca, porque una nación puede sobrevivir con gente sin techo pero no sin banca privada. Dios, la naturaleza, la gente y su bienestar son contingentes; el oro es sagrado, el único mito que se resiste a caer.

La pregunta que ahora se hacen los analistas es: si la gente pierde sus ahorros, sus pensiones y su casa a manos de los banqueros, y los banqueros juran con las manos sobre el fuego que están en bancarrota, y los estados viven en un perpetuo déficit fiscal, entonces ¿a dónde diablos está yendo a parar el dinero? Elemental, pequeños, se lo están tragando los agujeros negros, esos vórtices siderales que hasta ayer sólo engullían materia oscura, pero que han experimentando, de pronto, un apetito voraz por el oro.

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