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Rescate del rescate

Thomas L. Friedman
06 de octubre de 2008 – 10:07 p. m.

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ESTABA CAMBIANDO DE CANALES hace unos días, después de la caída de casi 800 puntos en el mercado accionario, cuando un comentarista de la cadena CNBC captó mi atención. Le estaban pidiendo que diera consejos a los espectadores con respecto a cuáles eran las mejores posiciones para estar con el fin de sortear la tormenta del mercado. Sin perder un instante, respondió: “de dinero y fetal”.

Yo estoy en ambas, pues distingo un momento sin precedente cuando lo veo. Solamente he sentido pavor por mi país unas cuantas veces en mi vida: en 1962, cuando, incluso como un niño de nueve años de edad, seguí la tensión de la crisis de los misiles cubanos; en 1963, con el asesinato de JFK; el 11 de septiembre de 2001; y el lunes antepasado, cuando los republicanos de la cámara baja del Congreso estadounidense echaron por tierra el paquete bipartidista con miras a un rescate.

Sin embargo, en lo personal creo que este momento es el más aterrador de todos, ya que los tres anteriores fueron motivados en su totalidad por ataques reales o potenciales en contra del sistema estadounidense y por parte de extranjeros. Esta vez, nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Esta vez, lo que nos está acabando es nuestro propio fracaso para regular nuestro propio sistema financiero y para legislar el remedio apropiado.

Yo siempre creí que el gobierno de Estados Unidos era un sistema político único: diseñado por genios para que pudiera ser administrado por idiotas. Estaba equivocado. Ningún sistema puede ser tan inteligente para sobrevivir a este nivel de incompetencia e imprudencia por parte de la gente a cargo de administrarlo.

Esto es peligroso. Nosotros vimos a integrantes de la Cámara de Representantes —muchos de los cuales, sospecho, no son capaces de llevar en orden sus propias chequeras— rechazar un complejo paquete de rescate porque algunos electores, a quienes, temo, tampoco entiendo, los inundaron de telefonemas. Yo valoro la ira popular en contra de Wall Street, pero no se puede lidiar con esta crisis de esa manera.

Esto es una crisis del crédito. Todo está relacionado con la confianza. Lo que ustedes no pueden ver es cómo el banco A ya no le prestará a la buena empresa B o a la empresa hipotecaria C. Esto debido a que nadie está seguro de que los activos del otro y sus garantías valgan algo, razón por la cual el gobierno necesita intervenir y ponerles debajo una base de apoyo. De lo contrario, el sistema será privado de crédito, como un cuerpo que es privado de oxígeno y se empieza a poner azul.

Bien, dicen ustedes, “Yo no tengo una sola acción; dejen que sufran esos codiciosos monstruos de Wall Street”. Quizás ustedes no tengan una sola acción, pero su fondo de pensión era dueño de una parte del papel comercial de Lehman Brothers y su banco regional tenía en su poder bonos hipotecarios de los denominados subprime o última oportunidad, razón por la cual usted fue capaz de refinanciar su casa hace dos años. Además, su aeropuerto local estaba asegurado por AIG, y su municipio local vendía bonos municipales en Wall Street con el objetivo de financiar el sistema más nuevo de drenaje en su calle, al tiempo que su empresa local de automóviles dependía de las marcas crediticias para financiarle a usted su préstamo para un auto; y ahora ese mercado de crédito se ha agotado, el banco Wachovia ya colapsó y su vecina perdió su empleo secretarial ahí.

Todos estamos conectados. Al igual que lo destacado por otras personas, no es posible salvar a los habitantes de municipios y localidades, castigando a Wall Street, en la misma medida en que no es posible estar en una lancha de remos con alguien a quien odias y pensar que la fuga en el fondo del bote en su extremo no te va a hundir a ti también. El mundo realmente es plano. Todos estamos conectados. “El desacoplamiento” es mera fantasía.

Mi rabino contó esta historia el martes, en servicios con motivo del Rosh Hashana o Año Nuevo judío: Una frágil madre de 80 años de edad está celebrando su cumpleaños y cada uno de sus tres hijos le da un regalo. Harry le da una casa nueva. Harvey le regala un nuevo automóvil con todo y chofer. Y Bernie le da una enorme cotorra que puede recitar la Tora entera. Una semana más tarde, ella se comunica con sus tres hijos a través de una conferencia telefónica y les dice: “Harry, gracias por la bonita casa, pero solamente ocupo una habitación. Harvey, gracias por el bonito automóvil, pero no soporto al chofer. Bernie, gracias por darle a tu madre algo que pudiera disfrutar realmente. Ese pollo estuvo delicioso”.

Mensaje al Congreso de Estados Unidos: No se pongan simpáticos. No nos den algo que no nos hace falta. No nos den algo diseñado para resolver sus problemas políticos. Sí, Hank Paulson y Ben Bernanke necesitan aceptar estrictos métodos de vigilancia y al contribuyente fiscal de Estados Unidos se le debe garantizar una participación en las ganancias alcistas de todos los bancos rescatados. Pero, aparte de eso, lo lógico era entregar el capital y la flexibilidad para apagar este incendio.

Siempre me dije: nuestro gobierno está tan descompuesto que solamente puede funcionar en respuesta a una enorme crisis. Sin embargo, ahora hemos tenido una enorme crisis, y el sistema casi no funciona. Nuestros dirigentes, republicanos y demócratas, han perdido a grado tal la práctica para trabajar juntos que, incluso en vista de la amenaza de un sobrecalentamiento del sistema, no pudieron ponerse de acuerdo —inicialmente— en un paquete de rescate… como si ellos vivieran en Marte y estuvieran meramente visitándonos por unos días, sin nada en juego en el resultado.

* Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008-The New York Times News Service

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