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Cada vez que siente el cerco de la justicia sobre sus dominios, ahora que los años de su antigua omnipotencia no tienen la misma ferocidad, el sátrapa regula su entorno y enciende su rebaño alrededor de su nombre con la mejor de sus virtudes: la vulgaridad. Tiene la más alta experticia para girar la opinión pública del centro de una de sus tantas culpas a otra dimensión del espectáculo donde se siente cómodo con su envilecimiento.
Solía hacerlo en sus años de jolgorio estelar con las instituciones durante los dos periodos entregados al hampa: retorcía la Constitución a su antojo, amedrentaba a los investigadores de las altas cortes que se atrevían a nombrarlo, insultaba a sus subalternos con amenazas de gañán y se dejaba grabar para que quedara clara su leyenda de patrón indómito. Con su sonrisa permanente de monja, podía hacer temblar de miedo a su legión de siervos si movía su índice a los oficiales listos para capturar en vivo a un sospechoso sin pruebas durante sus consejos comunales, programas orquestados con el populismo más duro y afín a su espíritu de emperador de montañas.
Sus armas y sus recursos sin vigilancia se agotaron cuando dejó el poder a su pesar, y quiso continuar aferrado a los almizcles del poder con una curul de senador en la que pudo ubicar a algunos de sus ultras más fieles. Desde ese púlpito quiso seguir desviando la atención de la candela que seguía viva en las estelas de su pasado, y una vez más el recurso fue el más eficaz entre su repertorio de evasivas: acusar a figuras públicas de delitos de gravedad, ensañarse entre los medios, y cuando lo llamaba la Fiscalía a cumplir con las diligencias formales de sus denuncias, se hacía embolar los zapatos en las escaleras, respondía con tono de víctima por falta de garantías a los cuatro micrófonos que mandaba llamar, y se iba dejando la ventolera y el ruido de sus embustes, con la impunidad a cuestas y el rumor fanático de sus tropas que lo ovacionaban por bravo y por varón.
Ahora, los mismos recursos le parecen tibios. Las evasivas, demasiado timoratas, demasiado comunes. Ahora que el mundo legitima payasos y tiranos y maestros del espectáculo y del odio, no puede quedarse relegado. Él, que es el centro y la fuente del rumor y el miedo, el señor latinoamericano de la derecha más pura, el que nunca se dejará opacar aunque tenga que llevarse al mundo con él junto al mismo ruido y a su sombra. Ahora calumnia con delitos de alta gravedad para deslegitimar a la prensa que le revira y le alumbra sus estelas, ahora que no hay guerrillas ni chivos expiatorios de su política exclusiva de combate.
Cuando el centro de la historia que lo hunde circula alrededor del lenguaje y del discurso, apela al lenguaje mismo para revertirlo y reanimarse, y su rebelión tiene el mismo tinte de sus antiguos enemigos: el uso de todas las formas de lucha, todos los recursos posibles aunque rayen en lo delincuencial, toda la mentira disparada desde todos los flancos para ganar la última guerra que le queda contra el último y más zorro de sus adversarios: el tiempo.
No tiene el mínimo rubor ni una minúscula vergüenza por revelarse como un sátrapa desnudo. No tiene nada que perder ahora que la diplomacia se vuelve innecesaria y su séquito lo adora y se persigna frente a él, tal como es: un canalla, un impostor y un fanático.