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El teatro de la intriga

Se tejen mil historias alrededor del ataque con ácido en contra de Sergéi Filin, director artístico de esta institución. Los bailarines, los principales sospechosos en la investigación.

Sergéi Filin, director artístico del Teatro Bolshói, en Rusia.  / EFE
Sergéi Filin, director artístico del Teatro Bolshói, en Rusia. / EFE

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Sucedió mientras abría la puerta de su casa, el 17 de enero de este año. Un hombre encapuchado se acercó, gritó su nombre y vació encima de su rostro una botella con ácido. No sucedió en Colombia, sino en Moscú, Rusia.

La víctima, Sergéi Filin, bailarín y director artístico del Teatro Bolshói, una de las instituciones culturales más reputadas del mundo y, tal vez, la casa del ballet más prestigiosa de todas.

Hoy, Filin ha recuperado la visión, aunque no por completo. Los especialistas que lo tratan declararon que el artista ve bastante bien, considerando lo sucedido. Luego de los primeros signos de mejoría, el bailarían será trasladado la próxima semana a un hospital de Alemania para continuar con un tratamiento que podría prolongarse por seis meses, según los primeros cálculos de los médicos.

¿Qué sucedió esa noche de enero? Un robo, diría la primera intuición. Pero Filin no perdió nada. Una venganza, ¿quizá? ¿Orquestada por quién?

Por surrealista que parezca, la hipótesis de las autoridades apunta a los artistas bajo el mando de Filin, profesionales que durante toda una vida cultivan el amor por el arte, el cuidado de unas habilidades que los llevan a tocar la gloria, en unos casos, y la divinidad en unos pocos.

Tanta entrega no está desprovista de anhelos, el nimio apetito por lo que quieren todos los hombres: más. Claro, son artistas, profesionales de la estética y la belleza, pero sus caminos están llenos de una superación tan intensa como escasa: un amargo alimento para el ego que después de 20 o 30 años de carrera termina por invadir a la persona, como si se tratara de cáncer. Nunca más un apasionado, sino más bien un vanidoso.

La sospecha de las autoridades rusas puede no ser descabellada si se tiene en cuenta que Filin llevaba meses bajo distintos tipos de amenazas: las llantas de su automóvil habían sido estalladas y la carrocería rayada, su correo electrónico había sido intervenido y varios documentos personales fueron publicados en un intento por avergonzarlo.

La policía rusa se apresta a pasar por el polígrafo a varias de las personas involucradas en la compañía, una institución que cuenta con varios cientos de colaboradores, entre artistas y personal técnico. Entre los primeros interrogados está Nikolái Tsiskaridze, una de las estrellas más notables del Bolshói y quien en algún momento, se dice, fue considerado para el cargo ocupado por Filin. El bailarín y el director no se hablaban desde hace unos meses y el primero incluso llegó a enviar una carta al presidente ruso, Vladimir Putin, en la que varias personas del teatro le pedían al mandatario que nombrara a Tsiskaridze como director artístico.

Como director artístico, una de las primeras grandes decisiones de Filin (en 2011, cuando aceptó el cargo por un período de cinco años) fue contratar a David Hallberg, artista norteamericano, como bailarín principal. Esta fue la primera vez en la historia del Bolshói que la posición no quedaba en manos de un ruso.

La trama se torna aún más espesa cuando se considera que el predecesor de Filin también fue amenazado en su momento. Filin entró a ejercer la dirección artística de la institución luego de un escándalo en el cual el subdirector del Bolshói de ese entonces, Gennady Yanin, fue obligado a renunciar después de que un rival publicara en línea fotos de él durmiendo desnudo al lado de otros hombres. Bienvenidos al teatro de la intriga.

Filin rechazó hace unos meses los servicios de un guardaespaldas. Dilyara Timergazina, una de sus asesoras, dijo que “las amenazas no parecen de alguien con un gran pensamiento conceptual, sino más bien alguien primitivo, con aspiraciones poco saludables, alguien lleno de odio”.

Pero, en cierta forma, todo creador está en mayor o menor grado intoxicado consigo mismo, un poderoso deseo de superación, de pronto, que se refleja en una obra. A veces la intoxicación resulta letal: bailarines, pintores, escritores, incluso periodistas, muchos de estos gobernados por una ambición infinita, no un anhelo, sino más un capricho, como niños malcriados.

Desde su cama de hospital, Filin entregó notas para la puesta en escena de La Bayadère, una de las últimas presentaciones de la compañía de baile. Antes de que el telón subiera en el mítico teatro, el director se comunicó con sus bailarines vía Skype para entregarles palabras de consuelo y ánimo en tiempos aciagos.

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