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ALGO VA DEL PAISA AL ROLO: EL UNO, sencillo, francote, desprevenido y espontáneo, es decir con la campechanía antioqueña. El otro en cambio, complicado, prepotente, prevenido y prefabricado. Es decir, con la culera bogotana.
El uno está en la gloria a punta de su propio esfuerzo. El otro la acarició –que no la consiguió- con toda suerte de “pie de amigos”. Mas valioso digo yo aquel que este. ¿O no?
El uno le ofreció su triunfo a su tierra. Se lo debe a ella. Se sintió con una deuda si no de gratitud al menos moral con su patria. El otro posa de ciudadano del mundo y está mas comprometido con sus padrinos y patrocinadores que con la indiamenta y la negramenta que desprecia manga por hombro.
Y no es una exageración: El uno se unta de pueblo y le gusta su gente. El otro no soporta ni que lo miren y vive haciendo cara de fó las veces que nos visita, cada vez más esporádicamente.
El uno firma autógrafos, se toma fotos con sus admiradores (as) y hasta carga niños. El otro manda al carajo a sus fans y ya son célebres sus desplantes y su grosería con quienes le admiran.
El uno es solícito y educado con la prensa y con los medios. El otro es desplantador, incumplido e inubicable.
Por las anteriores razones y otras más, Camilo Villegas en un corto lapso es ya un icono del deporte nacional, un orgullo patrio y una figura emblemática de nuestro pais, tan cercano como un Juanes e incluso como una Shakira.
En cambio Juan Pablo Montoya no logró sintonizarse con sus coterráneos. Es como ajeno a su terruño y hasta su “spanglish” es insoportable.
¿Será por sus ancestros y/o orígenes o por la educación que de niños recibieron?
Un deportista destacado tiene un compromiso con su país. No puede ni debe ser un diosito en el olimpo de su fama ni un reyezuelo en la gloria de su popularidad. Ahí está la diferencia entre el uno y el otro.