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¿QUÉ PREPARACIÓN MÍNIMA DEBIEron demostrar los 512.990 bachilleres que hace unos días presentaron los exámenes del ICFES (calendario A) y durante este octubre intentarán ser admitidos en la universidad? Luego de catorce años de escolaridad, complementada con cursos preuniversitarios, ¿qué competencias básicas los harán aptos para adentrarse en el saber superior?
Si juzgamos por la creciente queja de los docentes universitarios de los semestres iniciales, el sistema educativo no ha podido responder estas preguntas. Sabemos de la incapacidad general de nuestros alumnos (aún de posgrado) para redactar un párrafo coherente y con corrección gramatical. Sorprende la dificultad para la comprensión —análisis y síntesis— de un texto de cierto nivel conceptual, en quienes lograron buenos resultados en los exámenes de Estado y superaron el de admisión en aquellas universidades que se empecinan en mantenerlo (como simples “variaciones en torno a lo mismo”). Entonces, ¿qué destrezas intelectivas están midiendo tales pruebas? ¿Por qué tan prolongada formación escolar no brinda mejores competencias de lecto-escritura que las suministradas por los cinco años de primaria de hace varias décadas?
Si este déficit se origina en que la educación actual privilegia la adquisición de información sobre el conocimiento analítico, entonces desconcierta el que ni siquiera los estudiantes de ciencias sociales recuerden la fecha de la primera Revolución Francesa (menos saben que hubo una segunda), el país de la Revolución Bolchevique y el nombre del traductor de la Declaración de los Derechos de Hombre y el Ciudadano en la Nueva Granada. ¿Será que nuestros alumnos aprenden para olvidar? ¿Por qué, a pesar de la preparación filosófica en décimo y undécimo grados, confunden a Hegel con Engels? Y ¿de qué sirven tantos cursos declamatorios de formación ciudadana, si ni siquiera dejan viva en la memoria la fundamentación rousseauniana de la democracia?
¡Qué lastima desperdiciar la maravilla tecnológica que permite gozar de los documentales de History Channel, Discovery Civilization, Animal Planet, etc.! Porque ni siquiera el efectismo de la imagen ha logrado ofrecer los insumos informativos que preceden la interpretación y comprensión de fondo de los hechos. La gran incógnita es: ¿Dónde se incuba esa incomunicación entre el saber y la vida (entre el dominio del sistema y el dominio de la vida, diría Habermas)?
Desde otro ángulo, como lo indaga un ensayo de Teresa E. Cadavid en la Revista Iberoamericana de Educación (enero de 2008), ¿por qué afincar la calidad educativa en el “dominio” de una segunda lengua, cuando ni siquiera está asegurada la competencia comunicativa de nivel conceptual en la primera? Probablemente las penurias lógico-lingüísticas en la una se mudarán intactas a la otra. Entonces seguiremos condenados a la triste condición de roedores bilingües de información.
Buscando llenar este vacío, algunas universidades han incorporado cursos de gramática (morfología, etimología, retórica expositiva y argumentativa), como componentes curriculares esenciales de sus programas. Plausible alternativa ante la oferta de cursos que prometen la ilusión de leer cientos de palabras por minuto: necesitamos cursos de lectura lenta que inviten a detenerse y reflexionar sobre cada palabra escrita, a sopesar con rigor cada epíteto.