Redes vs. contenidos

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La industria de las telecomunicaciones, además de un negocio multimillonario, es un campo de batalla del poder político a nivel mundial. Parte de la estrategia son las mentiras con las que muchas empresas —enarbolando la bandera del interés público— suelen embaucar a los consumidores, a los reguladores y a los jueces. Así pasa en los países desarrollados; ni qué decir en nuestra parroquia.

El pasado 12 de julio se celebró en Estados Unidos el “día de acción” para defender el principio de neutralidad de la red, amenazado de muerte con la llegada de Trump y del nuevo jefe de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC).

Ese principio fundamental aboga por una red abierta y libre, tal como la concibieron sus fundadores. Los proveedores de internet no pueden discriminar el tráfico que cursa por sus redes. Todos los contenidos (un correo, una película, una transacción financiera) deben ser tratados como iguales, sin bloqueos ni imposición de pagos extras a cambio de acceso prioritario.

En un bando están los operadores gigantes, dueños de las redes y proveedores de la conectividad: AT&T, Comcast y Verizon, que pagan en lobby de alrededor de US$50 millones al año, entre otros fines para que cambien a su favor las reglas de neutralidad de la red, que la cuestión se deje a merced de las fuerzas del mercado y no intervenga la FCC.

Del otro lado están Amazon, Facebook, Google, Netflix y otras muchas compañías proveedoras de contenidos cuyos ingresos dependen del acceso a internet y de la conexión de millones de personas de manera rápida y confiable.

Se espera que a mediados de agosto la FCC se pronuncie al respecto o que el Congreso intervenga y determine que el asunto debe ser materia de legislación y no de regulación. Cualquiera sea la decisión, lo indudable es que se vino abajo el viejo paradigma según el cual el rey es el contenido.

En medio de esta batalla de gigantes están los consumidores, que ven cómo su privacidad es la moneda de cambio de la nueva economía. El Estado no tiene claro qué hacer, por eso es tan permeable a la intriga y proclive a decidir en contra del bien común.

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