Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Ya no quedan más lágrimas para seguir llorando a nuestros muertos, miles de ellos, niños de escasos días, meses o años de existencia; asesinados a sangre fría, crueldad y alevosía, muchas veces por sus propios progenitores, hermanos y demás familiares, cuyo único delito es haber nacido producto del desamor en un momento de desenfreno, de violencia sexual o de la euforia del consumo desbordado de licor o de las drogas.
El cántaro de nuestros sentimientos se ha desbordado en lo más profundo de nuestro corazón. La razón de tanta crueldad se oculta en una sociedad inerme y mojigata que de momento llora, delira, señala, condena y critica, hasta más no poder pero, sin ofrecer soluciones concretas a tan angustiosa situación. Todo queda en suspenso hasta que ocurra el nuevo episodio desgarrador que remueva las entrañas de una sociedad que aún no ha aprendido de aquella hermosa frase del profesos Antanas Mokus: “La vida es Sagrada”.
Infortunadamente en Colombia, el concepto de vida y de existencia, se ha desvalorizado tanto que, el sicariato, ya se ha convertido en todo una empresa, es decir: El no pago de una obligación, un agravio de menor importancia, o una enemistad, o persona no grata, entre otras causas; por unos cuántos pesos se negocia su desaparición y posterior asesinato. Y si no tiene dinero, no se preocupe que también le, fían el trabajo o lo puede pagar en cómodas cuotas.
Las desapariciones de jóvenes en todo el País, que finalmente aparecen masacrados y presentados por las autoridades militares como delincuentes o guerrilleros y que resultan ser víctimas de falsos operativos; es otro drama que están viviendo cientos de familias Colombianas especialmente de los sectores marginados. Las varias fosas comunes con cientos de cadáveres víctimas de la guerra del paramilitarismo, es otro drama que se suma a la descomposición social que estamos viviendo.
¿Qué decir de los niños de la guerrilla, del paramilitarismo y la delincuencia común organizada, que son arrancados de sus hogares con la falsa promesa de recibir una buena remuneración para la congrua subsistencia de su familia y terminan convertidos en avezados criminales? ¿Qué decir también de la crueldad de los grupos guerrilleros que asesinan vilmente a los secuestrados como en el caso de los abuelitos de 78 y 80 años, que después de soportar el secuestro por más de ocho años, fueron masacrados, por el solo hecho de ser un encarte para la tropa puesto que ya a su avanzada edad no podía caminar?
Muchos sociólogos, educadores y analistas se preguntarán ¿Cuál, la causa de todo esta orgía de sangre y de muerte que estamos viviendo? La respuesta hay que darla desde la óptica educativa: somos una sociedad a la deriva, puesto que, los escenarios de principios y valores, columnas fundamentales y protectoras de toda sociedad en vía de desarrollo, se desmoronaron hace mucho tiempo, con la desaparición de la cátedra de: moral, ética y religión, de los establecimientos educativos. Las sociedades y comunidades optaron por el facilismo: los matrimonios ya son desechables, y no demoramos en empezarse a hablar de los matrimonios dietéticos, es decir improductivos; simple y llanamente matrimonios productos de la pasión, el desarraigo y el consumo desaforado de las drogas, que cuando se engendra un hijo, inmediatamente se busca la forma de eliminarlo dentro del vientre de la madre o en el peor de los casos abandonado a su suerte a las pocas horas de nacido.
Pero, lo más doloroso de todo este drama, es la irresponsabilidad de los administradores de justica, que desde hace ya un mes se encuentran en paro, sin que se vislumbre un solución en próximos días. Con esta actitud inmoral y poco profesional de jueces y magistrados, son muchos los procesos de la justicia que por vencimiento de términos, miles se derrumbarán como castillos de naipes y miles de delincuentes abandonarán las cáceles para reincorporarse a las tenebrosas bandas delincuenciales o emprenderán las de Villadiego para evitar ser recapturados.
¿Hasta cuándo seguiremos viviendo todo este drama, en medio de tanta crueldad, corrupción y cese de la justica? Y ¿qué decir de los congresistas que, en lugar de estar trabajando por el País, se dedican a asuntos baladíes de poca monta, siempre orientados a mantener a la opinión pública en medio de discusiones que a nada conducen?
Finalmente el caso del niño Luis Santiago de once meses asesinado por su padre, nos ha dejado mudos ¿qué pasará más adelante? ¿Esperamos a que suceda otra vergüenza nacional e internacional? O ¿reaccionamos todos unidos por Colombia?¿Será que la pena de muerte para los delitos atroces es la solución?
Comunidad Desarrollo y Gobierno