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YA SE DIJO: QUE EL GOBIERNO DE LOS Estados Unidos invierta cientos de millones en la salvaguarda del sistema financiero, la protección de los accionistas de Lehman Brothers y la salvación de AIG, no es una pequeña decisión dineraria contingente, sino todo un cambio histórico del fundamento ético de la economía política. Es un cambio en el gozne de los tiempos.
Keynes promovió la idea de mantener una alta inversión pública que, al fomentar el consumo de la población, preservaba al sistema económico de sus desfallecimientos cíclicos. Como la adrenalina para el asmático.
Muere la impronta de Keynes. Friedman y otros “demuestran” que el mercado tiene sus correcciones íntimas que son suficientes para rectificar los desequilibrios. La famosa mano invisible de un pobre Smith cuyo espíritu debe estar sollozando en la puerta de la Universidad de Chicago.
Hoy, desde los 82.000 millones para AIG, hemos comenzado un nuevo ciclo en la historia de la macroeconomía. La soberanía del mercado cederá ante un cúmulo de regulaciones crecientes. Lo que era anatema hace pocas semanas, ahora es un imperativo. Intervenir es el signo de los tiempos. El Estado recupera su aliento en un momento crítico. Si lo hace Bush, ¿qué no harían Evo, Chávez y el senador Robledo? Increíble: gana Espinosa Valderrama.
Se ha dicho que es la muerte del neoliberalismo. Es más que eso. Es la demostración de que en economía no hay verdades absolutas. Que la ética está por encima de la estadística. Que la economía está traspasada por la coyuntura. Y que es menos científico un economista que un lector del Tarot. Con tu perdón.
Ahora sí, lo que no se ha dicho:
Del Consenso de Washington, aquella receta neoliberal que se la jugaba por el equilibrio fiscal y la ortodoxia macroeconómica, siempre se aseveró que no iba a ser viable porque unos latinos de piel cobriza, guapachosos por naturaleza, se lo iban a tirar.
“Latinos de mierda”, me dijo un alto funcionario de un think tank gringo. “Es su demagogia la que no deja progresar el continente”. Pues algo de culpa tenemos. Pero en estos últimos desarreglos, el problema no se ha originado en la indisciplina fiscal de los latinos, sino en la sed de dinero, la avaricia y el afán desmedido de lucro de unos tipejos rubios, de corbata azul, ojos claros y dos metros de estatura. Es allí, en las cloacas espirituales de Wall Street, donde se ha cocinado la mayor crisis financiera de los últimos tiempos.
Es indignante. Que un chiquillo posh levantado en los suburbios del estrato diez americano, gomina vespertina, heavy metal y coquita from time to time, pierda sus ahorros en la pirámide angurriosa que crearon él o sus padres, que para el caso es lo mismo, vaya y venga. Justicia inmanente, digo yo. Pero que ello termine arruinando las perspectivas de progreso de un pobre gamín salvadoreño que utilizaba las remesas, hoy exhaustas, del tinieblo de su madre, que limpia inodoros en Times Square, o de la propia madre que se gana la vida practicando la fellatio in orae a un borracho en altas horas de la madrugada en una esquina del Central Park, es una verdadera putada inmarcesible.
Como putada es que todo este esquema endemoniado haya fenecido, no por el clamor de millones de latinoamericanos hambrientos, sino para satisfacción, supervivencia y gloria de la más grande empresa de seguros del capitalismo.