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El racismo de coctel: ¿inofensivo?

Juan Carlos Botero
26 de septiembre de 2008 – 08:52 p. m.

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LO MEJOR DE LA CAMPAÑA PRESIdencial de Barack Obama es que ha tenido un efecto revelador, pues ha desenmascarado a mucha gente que ni siquiera era consciente de ser racista.

En otras palabras, como estas son personas blancas que tienen poco contacto en su vida diaria con ciudadanos negros, rojos o amarillos, no se les había notado antes su actitud excluyente, y tampoco habían tenido necesidad de volver pública su posición, ni de mostrar los sentimientos más íntimos y genuinos que yacen ocultos en los rincones más oscuros de su corazón. Es decir: su desprecio soterrado por personas de otro color.

No obstante, ahora que se acerca la inminencia de un hecho histórico, que el cargo político más influyente del mundo lo ocupe una persona de piel morena, eso las ha incitado a dar un paso al frente, a menudo sin darse cuenta de que lo han hecho. La campaña, en efecto, ha sacado a relucir lo que de veras piensa esta gente sobre el tema racial, como si su mentalidad discriminatoria se viera obligada a salir de los matorrales en donde vivía agazapada. Lo cierto es que estas personas no desean que un negro sea el próximo presidente de los Estados Unidos, y si no pueden hacer mucho al respecto, al menos no se van a cruzar de brazos y callar de boca. Por eso, son las que más hablan en reuniones sociales sobre la campaña electoral, y son las que más cuentan chistes de lo que sería la primera Familia Negra viviendo en la Casa Blanca. Pero si uno les pregunta sobre su posición política o si se consideran racistas, la reacción es, sin excepción, de sorpresa, molestia o indignación. Porque de veras, sinceramente, no se consideran racistas. Aunque lo son.

Sin embargo, que estos fulanos sean intolerantes o no, no es lo grave. Lo que es realmente preocupante es que piensan que este tipo de racismo, el que sale a flote en bromas privadas y en eventos sociales (el racismo de coctel, por llamarlo de alguna forma), es inofensivo. Porque no hay duda de que la mayoría de estos sujetos jamás tomaría medidas violentas en contra de alguien de color distinto, y por eso no se avergüenza de su mentalidad. Es sólo un chiste, dicen. No es para tanto. Y rematan con una risotada: “¡No estamos linchando a nadie!”. Y en verdad creen que no existe relación entre las bromas que comparten en una reunión de amigos, y el asesinato de un ser humano a causa del color de su piel. Y eso es lo grave. Porque ahí es donde se equivocan.

 Así comienza la violencia, en verdad. En comentarios anodinos, de aire inofensivo, y por eso es tan difícil de atajar a tiempo. Estas personas han olvidado la mayor lección de la historia, la que no se deber olvidar jamás: que cualquier grupo social puede caer en garras de la barbarie, algo que en Colombia, con varios de nuestros terratenientes tan amables convertidos en paramilitares homicidas, no se debería de ignorar nunca. Más aún: a esta gente le parece inconcebible que, a estas alturas del acontecer histórico, se produzca una atrocidad como salida de la Segunda Guerra Mundial, porque cree que para que exista un holocausto con campos de concentración y una política oficial de segregación y exterminio, tiene que haber un loco en el poder haciendo barbaridades. No es así. Muchos de los peores tiranos de la historia fueron elegidos democráticamente. Empezando con Adolf Hitler. Elegidos por gente que, en cocteles y reuniones sociales, echan chistes sobre otros que tienen la piel distinta. O el origen, o las ideas. Porque la violencia de la intolerancia siempre nace así: cuando alguien señala a otro, con imperceptible desprecio, por su diferencia. La matanza quizá tome lugar después y lejos de allí, en el campo o en un pueblo modesto. Pero la mentalidad que hace que esa atrocidad (y mil otras similares) exista, germina en gratas reuniones sociales. Entre tragos y brindis y guiños dicientes. Entre bromas y entre amigos. Entre risas.

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