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Frente a las nuevas versiones surreales de la corrupción en Colombia, aparece una vez más la vieja frase usada por García Márquez para describir esta caverna de espanto mágico: Colombia es el único país que supera la ficción. Se había vuelto un cliché y una máxima gastada entre el escalafón de los escándalos superado siempre por otro escalafón alterno de corrupción estratosférica.
Ahora lo supera la primera extradición por corrupción del fiscal Anticorrupción Gustavo Moreno, soporte de la pomposa Fiscalía General de la Nación liderada por el supremo Néstor Humberto Martínez, quien llegó jurando destronar la ilegitimidad de la justicia y la deshonra de las instituciones centrales. Pero apenas se entera de que las bombas estaban dentro de los despachos de su entidad, muy cerca de su puerta, y bajo los mismos nombres que posesionó en los cargos creados para perseguir a las sombras de las listas negras, como los círculos y círculos que dan los perros ansiosos tras su cola esquiva. Y caen todos como fichas del fango, Moreno y el secretario de Seguridad de Medellín Gustavo Villegas por vínculos con las bacrim, ese eufemismo que quedó de las viejas estructuras paramilitares, y el contralor de Antioquia Sergio Zuluaga por peculado y prevaricato, y los que vienen tras el ruido del ventilador que empieza a zumbar tras la desaparición del viejo chivo expiatorio de la guerra, ahora que no hay más opción que investigar lo que siempre estuvo allí bajo el polvo de la historia del resentimiento: la estructura delincuencial de las bases en que se sustenta la presunción del Estado, y desde las cuales se impuso la discriminación y se fundó la rabia.
Entonces sale el fiscal general a dar parte positivo de efectividad y a fomentar sospechas tras la Justicia Especial por considerarla benevolente y timorata. Pero la historia sustenta mejor sus equilibrios, y es el mismo Néstor Humberto Martínez quien aún no ha entregado cuentas claras de sus benevolentes y timoratas medidas con la matriz del Maelstrom, esta tormenta en espiral que se ha tragado los nombres, la memoria y los días a discreción y desde siempre. No suele hablar mucho de su jefe de jefes, el todopoderoso Sarmiento, nombrado en los estrados judiciales por financiación, por representación legal, por vínculos de un lado u otro o por detrás de los proyectos construidos con dineros prestados por sus propios bancos, publicitados por sus propias firmas, y entregados a los consorcios pactados tras el telón del ruido por constructoras que hicieron de la historia del progreso otro negocio más entre el fango de una corrupción monumental, madre y señora de todos los sobornos y partera de los mismos. Y elude las preguntas que intentan esclarecer la contratación de su atronador fiscal Anticorrupción, y las relaciones con el nuevo supremo candidato a la presidencia German Vargas Lleras, y las firmas y los consorcios que defendió en su bufete estelar.
Entonces vuelve el fiscal al atril en que rinde sus cuentas, otra vez, y apaga los incendios progresivos de sus clientes con frases surreales que repiten lo que aquí se ha repetido siempre sin que el escándalo estalle en esquirlas prácticas: que la investigación continúa, que se están cotejando las pruebas necesarias para soluciones efectivas, y que hasta el momento solo trascienden los delitos alternativos por su dimensión. La misma dimensión del humo sobre el circo de lo justo.