Destruir tópicos

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Cuenta el escritor rumano Norman Manea que un día preguntaron a un rabino: “¿Por qué continúas predicando, si sabes que no puedes cambiar a los malvados?”. “Para no cambiar yo”, fue su respuesta. Tal vez esa es la desesperada lucha de tantos columnistas que insistimos hasta la extenuación en cuestionar y destapar esa caja de Pandora que es el Centro Democrático. Porque en el fondo sabemos que no es mayor la incidencia que tenemos en un país de no lectores. Otro asunto sería si por cada columnista que denuncia a esa mafia que se hace llamar partido político existiera un maestro o un ciudadano más allá de las mal llamadas redes sociales que hiciera una didáctica de las verdaderas intenciones que guían a Uribe Vélez, Londoño, Cabal, Valencia, Gaviria, Ordóñez, Guerra, De la Espriella y todo el resto de la banda que impide la salida de la esperanza.

Y es que allá afuera, en la realidad de los salones de clase de colegios y universidades, de oficinas y de la plaza de mercado, de las conversaciones en pueblos y salas de profesores, se escucha y se cree en los tópicos y verdades lingüísticas que ellos fundan y los medios se encargan de afianzar. Porque todo es lenguaje. A través de él se fundan o se invisibilizan realidades. Recordemos cómo mientras Berlín caía, Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Hitler, sostenía desde la radio que los ejércitos aliados eran destruidos por el poderío bélico de Alemania. Y había quien lo creyera, así al lado de su vivienda las bombas explotaran.

Por eso hay que salir de estos predios cómodos que son FB, Twitter y demás e iniciar una verdadera alfabetización política. Desde la escuela y la academia, que en el fondo se han dedicado a perpetuar tópicos o lugares comunes —hoy llamados posverdades— como ese de declararse apolíticas. Como si el hambre, los salarios precarios de los maestros, las infraestructuras deterioradas, el escaso presupuesto para investigación o la imposibilidad de estudiar gratis fueran circunstancias alejadas del accionar político.

Hay que salir a derrumbar tópicos, es decir, posverdades. Porque como afirma el ensayista español Aurelio Arteta, lo que se pretende con tanta frase hecha es “el satisfactorio encuentro de uno con esa mayoría, el ocultamiento en medio del número, la huida de toda disputa y, en fin, la tranquilidad consiguiente…”. Es decir, son pensamientos, reflexiones que no hemos creado, sino que nos vienen listos para considerarlos como verdades inquebrantables.

Ellos, los del Centro Democrático, han hecho que nuestro aire en lugar de oxígeno se impregne de tópicos, de frases hechas que los griegos llamaron “lugares comunes: tópoi”. Por ello, como dice George Orwell, “mi lema es Grita siempre con los demás”. Es el único modo de estar seguro. Y claro, ellos saben que muchísimos colombianos necesitan estar repitiendo y viviendo tópicos como “conservemos las tradiciones”; “todas las opiniones son respetables”; “la familia es papá y mamá”; “todos queremos la paz… pero”; “no es nada personal”; “sólo cumplo con mi deber”; “es una persona muy normal”; “el comunismo es una amenaza”.

Derrumbar tópicos desde la práctica diaria en la realidad tangible es como asumir la mirada del niño que se atrevió a gritarle al emperador que estaba desnudo. ¿Ustedes se imaginan qué pasaría con el Centro Democrático si los desnudáramos?

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