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Los días siguientes al 27 de junio deberían ser de un festival de la alegría interminable por la buena nueva que nos ofrece el proceso de paz: la dejación de armas por las Farc. Hasta hace unos poquitos años este suceso era perfectamente inimaginable, sencillamente imposible; sin embargo, lo estamos viviendo los 47 millones de colombianos, entre ellos la “famosa” oposición aglomerada en el CD. No imagino que puedan esgrimir ellos ahora con tal de llevar la contraria a un amplio sector de la población colombiana que siempre hemos creído en los acuerdos de paz, que se han constituido en la llave mucho más segura para alcanzar un mayor progreso, que los consideramos el camino —un poco tortuoso, desde luego— más apropiado para que aun nosotros y las nuevas generaciones podamos disfrutar de nuestro bello país.
Bienaventurado el equipo del Gobierno que llevó a feliz término la primera y más larga etapa para comenzar las siguientes, donde estaremos todos con el compromiso de hacer una nueva patria. Es verdad, de aquí en adelante existe una palabra sagrada para que el proceso pueda seguir y consolidarse: cumplimiento. Sin este requisito exponemos los logros alcanzados a convertirse en frustración y esto no puede ser. El sector público que aglomera a funcionarios y empleados de todas las jerarquías asume desde este instante la responsabilidad de no robar ni saquear más las arcas oficiales porque, entonces, serán tan criminales, sanguinarios y cínicos como las Farc, que han dejado de existir por la gracia del proceso de paz; pero ese compromiso está acompañado de otro igualmente significativo. Cumplir bien la tarea asignada en cada cargo, en cada puesto.
Ya basta de asumir esa cruel doble moral. Tan feroces y dramáticos frente a la tauromaquia y tan indiferentes frente al dolor de los seres humanos: niños de la calle, madres adolescentes expuestas a la prostitución, desplazados, arrepentidos e insertados potencialmente criminales… Esa debe ser ahora nuestra mayor preocupación. Todo el sector público debería salir a las calles a gritar su compromiso. Si los maestros pudieran salir pacíficamente con sus estudiantes a alegrarse de este gran evento que marcará a las nuevas generaciones para siempre, pero no como un mero saludo a la bandera nacional, sino para hacer vivir a los niños y jóvenes que también el compromiso está en lo que ellos aprendan hoy para que el futuro del país lo construyan ellos. Los universitarios no deberían quedarse atrás… sus voces son necesarias.
Viva la Colombia que nace hoy. El armamento de las Farc descanse en paz para siempre.
Ana María Córdoba Barahona. Pasto.
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