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Orquidelirio

Cientos de aficionados a estas flores se reúnen para mostrar los más bellos, raros y coloridos ejemplares.

20 de septiembre de 2012 – 05:00 p. m.
Dora Ramírez, de 69 años, pasa gran parte del día en su laboratorio, donde cultiva orquídeas in vitro.  / Óscar Pérez - El Espectador
Dora Ramírez, de 69 años, pasa gran parte del día en su laboratorio, donde cultiva orquídeas in vitro. / Óscar Pérez – El Espectador

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“Los sentimientos que despiertan las orquídeas no pueden explicarse desde un punto de vista científico. Parece que las orquídeas vuelven loca a la gente. Los que las aman, las aman con locura”, escribió la periodista Susan Orlean en su libro El ladrón de orquídeas. John Laroche, protagonista de la historia, fue procesado en Estados Unidos por robar de una reserva natural del estado de Florida un puñado de plantas en peligro de extinción.

Así como Laroche, quien quería construir en la década de los 90 un laboratorio para clonar orquídeas y pasaba horas en los pantanos buscando las especies más raras, muchos otros han perdido la cabeza por estas enigmáticas flores. El amor, la lujuria, la avaricia y la fascinación han forjado el vínculo atávico con ellas.

“El coleccionismo puede ser un tipo de mal de amores. Si empiezas a coleccionar cosas vivas, estás persiguiendo algo imperfecto, e incluso si consigues encontrarlo y lo posees, no hay garantía de que no muera o cambie. La complejidad botánica de las orquídeas y su mutabilidad las hace, quizá, el más irresistible y enloquecedor de todos los seres vivos coleccionables”, afirma Orlean en un artículo escrito para el New York Times, en el que basó su libro. Se necesitaría más de una vida para tener una de cada especie.

Son las flores más numerosas del planeta, con más de 30.000 especies e innumerables híbridos creados en los laboratorios. Su capacidad de adaptación y de sobrevivencia las pone en la cúspide evolutiva del reino vegetal. Han logrado colonizar seis continentes y crecen en todos los hábitats terrestres concebibles. Se encuentran en bosques nubosos, tierras áridas, en el dosel de la selva, bajo la tierra, en los viveros, terrazas, casas y patios traseros de todo el mundo.

Se dice que las orquídeas son las flores más eróticas porque han desarrollado una relación especial y sofisticada con el insecto que las poliniza. Adoptan colores, formas y aromas irresistibles. Engañan a los animales —incluidos los seres humanos—, los encantan y los enamoran. Hay unas que ofrecen recompensa, como néctar y cera, pero otras, como las orquídeas del género Telipogon, imitan la apariencia de una mosca o una abeja hembra. Atraídos con la promesa de la cópula, los insectos se posan sobre la flor, que frustra su deseo y asegura la polinización.

En el siglo XVIII los museos de historia natural y los jardines botánicos se convirtieron en galerías y vitrinas públicas donde los imperios podían mostrar su dominio sobre la naturaleza. Los exploradores, que se movían como fichas claves en el proceso de conquista y expansión, se embarcaron en la tarea de catalogar y recolectar las rarezas de un mundo desconocido. Estos grandes centros de acopio, a donde llegaban los frutos de las expediciones, eran un símbolo de poder y prosperidad.

La flora americana se convirtió en un delirio no sólo para los botánicos. En el siglo XIX, en la época victoriana, las orquídeas se convirtieron, con su sensualidad subliminal, en un pasatiempo enfermizo de los adinerados. Les daban estatus. Patrocinaban expediciones y contrataban aventureros para que encontraran a la reina de las orquídeas, la más grande, la más exótica y misteriosa. La afición alcanzó proporciones tan grandes que en Inglaterra se la conoció como “orquidelirio”, una propagación entre coleccionistas maniáticos. Una voracidad fatal que se convirtió en un trágico capítulo en la historia de estas flores.

Se derribaron selvas enteras y se saquearon los rincones más oscuros de los bosques para saciar la nueva manía. Cazadores de orquídeas zarparon hacia Oriente, México, Guatemala, Brasil y la Nueva Granada. “En 1878, una de las principales casas, William Bull, de Chelsea, anunció dos de las consignaciones más grandes de orquídeas hasta ahora logradas, el número de plantas estimado en dos millones. Parece que llegaron de Colombia”, dice un artículo de la revista Credencial Historia.

Albert Millican, uno de los tantos exploradores que pisaron el territorio nacional, trabajaba al servicio de un rico escocés cuando llegó a Barranquilla en 1887. En su libro Viajes y aventuras de un cazador de orquídeas, cuenta cómo llegó a la ciudad surtido de “cuchillos, machetes, revólveres y algunos rifles, y con un desbordante cargamento de tabaco de pipa y periódicos”.

Venía persiguiendo a la Cattleya mendelii y la Odontoglossum crispum, pero éstas eran cada vez más escurridizas. Millones de orquídeas perecieron, no sólo por las tétricas condiciones de los viajes rumbo al exilio —ahogadas en naufragios o calcinadas por el sol—, sino en mano de cazadores que exterminaban especies preciosas para que lograr así ser poseedores de ejemplares únicos.

“En los nichos de esos precipicios, donde hacen sus nidos las águilas y cóndores, la bella Cattleya mendelii ha crecido en profusión por tiempos inmemoriales. Pero estas alturas vertiginosas no ofrecieron obstáculo al afán de botín de uno de los primeros cazadores de plantas. Con cabuyas bajaron a sus ayudantes nativos, y con cabuyas subieron las matas, por miles y miles, y cuando hice mi visita, todo lo que pude ver de su antigua belleza y riqueza fue uno que otro desarraigado bulbo colgando en el aire de algún punto solamente accesible para las orquídeas”, escribe el viajero que, como muchos otros, murió en la osadía de esa campaña insaciable.

Hoy ya no hay cazadores pero sí tráfico ilegal, deforestación, pesticidas y aspersión con glifosato para erradicar los cultivos ilegales de coca. Este fin de semana, la Asociación Bogotana de Orquideología, llevará a cabo su undécima exposición de orquídeas. Coleccionistas y cultivadores nacionales y de otras partes de Latinoamérica exhibirán sus más preciados tesoros.

Devotos que entre risas se hacen llamar “orquidiotas”. A ellos también los picó el bicho de la orchidiophilosis acuta, como decía con sarcasmo el sacerdote Pedro Ortiz Valdivieso, presidente honorario de la asociación, a quien rendirán homenaje. Tímido, de pocas palabras y con una mirada bondadosa, el padre era un caminante incansable. Viajó por toda Colombia observando y clasificando orquídeas. Dejó registradas para la ciencia más de 100 especies nuevas y escribió cinco libros sobre especies tropicales que identificaba con la misma perspicacia con que descifraba escrituras en hebreo y arameo.

Hasta el 23 de septiembre, en la Hacienda San Rafael, Cra. 57 Nº 133-00, de 8:30 a.m. a 5:30 p.m.

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