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LA PAZ ES UN DERECHO Y UN DEBER de obligatorio cumplimiento, nos dice la Constitución. Pero, ¿qué es exactamente, más allá de la versión idílica de las palomas, que ya ni siquiera están de moda?
¿No son acaso los conflictos inseparables de la condición humana? ¿No es la discrepancia base fundamental de la libertad de expresión, la aceptación del otro como posible contradictor?
¿No ha dicho Florence Thomas que el amor de los boleros, que funde a dos en uno, es la implícita anulación de la mujer y su postura en el pedestal de los objetos?
¿No es la paz una excusa de ciertos sectores reaccionarios de la Iglesia Católica para instalarse en las aterciopeladas injusticias?
La paz es la posibilidad de diálogo, nos aseguran. ¿Recuerdan ustedes cuando se nos habló de un “gran diálogo nacional”? ¿Es acaso la diarrea mental que estamos padeciendo?
En su declaración algo burocrática de 1997, la Unesco nos asegura: “La paz duradera es premisa y requisito para el ejercicio de todos los derechos y deberes humanos”. ¿No es más eficiente erradicar la guerra, episódica o no, en todo caso premisa de negación e imposibilidad del ejercicio de esos mismos derechos?
Esa misma declaración distingue entre la paz del silencio y la de los silenciados. ¿Hemos sido en Colombia silenciados por los protagonistas ególatras y verborreicos, que nos condenan a escucharlos hasta la inercia y la anomia? ¿No sería mejor que todos se callaran?
La anomia como distancia silenciosa entre el ciudadano y las reglas sociales, ¿es acaso la paz tan anhelada?
Sin duda, más cercanos y aterrizados de ese paraíso ideal son conceptos como convivencia, desarrollo sostenible, o principios y valores como equidad, justicia, igualdad, solidaridad. Y, por desgracia, otra cara: la violencia, que acecha a quienes tanto creen en su paz.
¿Qué tal si dejamos de glorificar la paz y, como madame Roland en relación con la libertad, averiguamos los muchos crímenes que se han cometido en su nombre?