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A Guillermo Acevedo la vida se le ha ido entre las manos. No son particularmente grandes o pequeñas. Más bien de un tamaño promedio. Promedio para un hombre de 88 años con un poco más de 1,60 de estatura y atisbos de una pequeña barriga por debajo de la camisa, la corbata y el saco.
Son manos ligeramente ásperas, con dedos robustos. Manos para enumerar con el tacto los pasos para hacer funcionar una máquina que prensa libros o recrear cómo se inserta la aguja que cose las hojas o el orden del proceso para pegar la portada y la contraportada.
Si Guillermo Acevedo cierra los ojos, puede invocar una larga lista de términos e instrucciones para describir cómo se arma una agenda, un álbum de fotos… Coser, encolar, secar, prensar, perforar, alinear. Palabras que terminan por construir un libro.
Palabras dichas en un acento plagado de erres. Su historia está llena de nombres propios y direcciones y detalles de hechos sucedidos hace 50 años. Se excusa si el teléfono suena. Contesta: “Guillermo Acevedo, hola. ¿En qué te puedo servir?”.
Setenta años en el mismo camino, una ruta larga que se extiende desde principios de los años cuarenta del siglo pasado y que cruza un amplio bosque de nuevas tecnologías y técnicas, una tupida maleza hecha de máquinas más grandes, más rápidas, más caras y manejadas por menos humanos.
Los libros llegaron casi por accidente. Una vacante en una editorial. Un maestro que le enseñó los vericuetos de una máquina y ya está. Toda una vida atada a una labor que le cayó encima en unos pocos meses.
Con casi 90 años, Acevedo se entrega brevemente a la nostalgia del recuerdo. Ediciones Cromos, su primer empleo, una imprenta que se acabó justo después del Bogotazo. Editorial Voluntad, la cúspide de su carrera: 22 años de trabajo que lo llevaron desde el linotipo y la tipografía hasta la producción en serie; desde el operario hasta la jefatura de impresión. Encuadernación Acevedo, su negocio propio: una industria para hacer las cosas con las manos.
Manos inquietas. Entre el papel y el metal. Manos pacientes. “Además de imprimir aprendí a reparar relojes y a hacer joyería. Quise tener mis pesos y sólo tenía mis manos para hacerlos, así que aprendí y tuve mi tallercito de orfebrería en la casa y así fui consiguiendo para montar mi negocio luego”.
Tiempos para florecer. El pasado. Una bodega más grande, siete veces más personal, más equipos y más pedidos. Diagnóstico: “No sé muy bien qué pasó. Antes había más trabajo. Creo que la gente lee menos”.
Diagnóstico, segunda toma: “Bueno, también es que hay industrias con máquinas grandes que hacen más y más rápido. Acá todo lo hacemos manualmente, incluyendo la cosida de las hojas, porque hay cosas que una máquina no podrá hacer jamás y a nosotros, en cambio, nos queda muy bien”.
“Yo hago libros para que duren y los hago a tiempo”. No profesión, sino un oficio. Arte, dice él.