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Uno de los informes del Banco Mundial más comentados en su momento fue el de 1993 dedicado al “Milagro del Este de Asia”. Allí se señalaba la educación como un factor determinante de su desarrollo: primaria, secundaria y técnica. Este tema, desde entonces, acompaña cualquier propuesta que se diseñe para impulsar la economía. Nadie pone en duda que sin fortalecer este sector no se contará con ciudadanos calificados y competitivos.
El informe incluyó a Taiwán pero excluyó a China, que aún se observaba con escepticismo. Sin embargo, sobrevino un vuelco y hoy tenemos que la economía china es la segunda del mundo. Y sorprende que los actores que han hecho posible esta nueva realidad son los que vivieron la Revolución cultural (1966-1976) que tuvo, como una de sus estrategias, la de clausurar las universidades y centros educativos para deseducar al pueblo. Fruto de este ambiente es la actual clase dirigente, empezando por el presidente Xi Jinping. La reflexión que esto suscita invita a reconsiderar cuidadosamente los contenidos.
Las medidas de Mao hicieron de lado la educación formal y la substituyeron por otro tipo dedicado a descubrir qué hacen las manos, cómo se cultiva la tierra, cómo se obedece, cómo se trabaja comunalmente. Porque cada modelo educativo busca efectos sociales particulares. Nuestra reforma concordataria de fines del siglo XIX buscaba educar buenos hijos para hacerlos buenos padres y asegurar familias sanas. Los cambios de la Revolución en marcha buscaban responder a la industrialización que comenzaba y buscó educar buenos empleados.
Con estos pocos referentes, vale la pena incitar el debate sobre qué podría hacerse hoy para responder por los retos que se avecinan. En septiembre de2016, se presentó a la Asamblea General de las Naciones Unidas el reporte “La Generación del aprendizaje” (bit.ly/2cCLkBh). El trabajo revela varios datos que invitan a una profunda reflexión.
Según la Comisión, un 40 % de los empleadores en el mundo ya tiene problemas para encontrar trabajadores calificados y estima que en el 2030 —dentro de 13 años— de los cuatro billones de empleos de hoy, la mitad desaparecerá pues serán desplazados por la automatización. Y más aún, las expectativas indican que unos 800 millones de niños, la mitad de los que están estudiando, no estarán adecuadamente preparados para integrarse a la nueva economía. Con una consideración más que agudiza lo dramático de la situación: no se sabe con certeza qué tipo de trabajos serán los que se creen o se necesiten en el próximo futuro ni qué capacidades y destrezas se requerirán. Reto formidable en busca de dolientes.