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Desempleo y estanflación

Eduardo Sarmiento
05 de septiembre de 2008 – 11:26 p. m.

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El aumento en el valor de las exportaciones en los últimos meses no es más que un espejismo ocasionado por la sobrefacturación; las ventas totales externas no crecen en toneladas y las no tradicionales siguen a la baja.

Hace dos años señalé que el modelo oficial de estímulos a la inversión extranjera y de austeridad monetaria y fiscal no genera empleo ni es sostenible. Así lo ha venido a confirmar la información más reciente. En julio el desempleo subió un punto en relación con el mes y el año anterior y en junio la producción industrial se desplomó 6,6%, cifra que no se presentaba desde 1999.

La economía se montó en una burbuja especulativa en la cual la revaluación inducía alzas de los precios de las acciones y la ampliación del crédito. La destrucción del sector externo se compensaba con la expansión de las actividades de baja productividad, como la construcción, el comercio, los automóviles y la inversión petrolera, y resultaba en tasas de crecimiento de 7%.

Desde un principio se puso en evidencia que el modelo ocasionaba grandes sesgos en contra del empleo. La revaluación indujo a las empresas a sustituir materias primas nacionales por importadas y máquinas por mano de obra. Es la típica elevación de la productividad que desplaza el trabajo y no genera la demanda para sostenerla.

La economía experimentó elevadas tasas de crecimiento sin incidencia de la ocupación. Entre junio de 2006 y 2008 la tasa de desempleo no varió significativamente y el empleo creció por debajo de la población.

Infortunadamente, la aparente contradicción entre el crecimiento y el empleo no recibió el tratamiento debido. Las autoridades oficiales la rechazaron de plano y la atribuyeron a cambios metodológicos introducidos por el DANE. Los hechos terminaron controvirtiendo al Gobierno. Tal como había ocurrido con la apertura en la década del 90, el crecimiento con revaluación destruye el empleo y puede dar lugar a una relación contraria entre las dos variables.

El esquema no era sostenible. La revaluación no podía mantenerse indefinidamente. El alza de los precios de los bienes no transables generada por la misma revaluación y el alza mundial de los alimentos y combustibles llevó al Banco de la República, dentro del criterio de inflación objetivo, a elevar la tasa de interés. Esto, en conjunto con la crisis subprime, quebró la burbuja. La contracción del mercado externo quedó sin compensación del mercado interno. En efecto, en junio de 2007 se inició un proceso de destorcida que se acelera y adquiere visos graves en los primeros meses de 2008.

La producción industrial creció 2,5% en el primer trimestre de 2008 con respecto al mismo período del año anterior y descendió en el segundo. En lo corrido del año caen el comercio, las licencias de construcción, la compra de vivienda, el trasporte aéreo de carga y el tráfico en las vías concesionadas. El aumento del valor de las exportaciones no es más que un espejismo ocasionado por la sobrefacturación; las exportaciones totales no crecen en toneladas y las no tradicionales bajan.

Este desempeño, que podría atribuirse a factores sectoriales, tiende a extenderse a toda la economía a pasos agigantados. El consumo de energía eléctrica, el indicador más adelantado y amplio de la economía urbana, creció 2,2% en los siete primeros meses del año, cifra que no se registraba desde 2002. El desempleo, el indicador más extenso de toda la economía, dejo de bajar en junio y se revirtió fuertemente en julio.

El comportamiento más irónico es el de la inflación. La política de represión monetaria no tuvo los propósitos buscados; el alza de la tasa de interés ha sido seguida por una elevación similar de la inflación y, en su lugar, precipitó el desplome del crecimiento y el disparo del desempleo. El resultado es la estanflación ocasionada por el desatino de la política macroeconómica.

Por otra parte, la revaluación quedó sin estímulos directos que la carburaran. Progresivamente, se convierte en devaluación acelerada que, si bien moderó a la caída de las exportaciones y el aumento de las importaciones, tiene serios efectos contractivos sobre los ingresos y el sector financiero, y si no se contrarrestan, puede resultar tan contractiva como la revaluación.

En fin, el modelo de inversión extranjera y austeridad fiscal y monetaria desembocó en un crecimiento que no genera empleo y en un estado de estanflación, y no será posible superar estas irregularidades sin un diagnóstico sobre sus causas y las formas de corregirlas.

Esta realidad no se ha asimilado en los círculos influyentes. Los centros de estudio incluidos en la encuesta del Banco de la República, el mismo Banco y el Ministerio de Hacienda insisten en tasas de crecimiento entre 4,5% y 5%, y lo más lastimoso, no han abandonado la meta de inflación de 4,5%. Ya no se trata de previsiones estadísticas sino del simple ejercicio de sumar y restar. La información disponible hasta el momento revela que el crecimiento económico estará cerca de 3% y la inflación de 7%.

Los efectos de la desaceleración

La desaceleración económica que empezó a sentirse en los últimos meses en el país ya se ve reflejada en el índice de desempleo de julio pasado, que se ubicó en 12,1%, cerca de un punto porcentual del que se registró en el mismo mes de 2007, cuando se ubicó en 11,9%, de acuerdo con las cifras reveladas por el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).

La misma entidad explicó que ese repunte de la tasa de desocupación se debe a que en el séptimo mes del año, 629 mil personas más salieron a buscar trabajo y de ellas sólo 375 mil lograron emplearse.

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Las ciudades que registraron el mayor número de desempleados fueron Ibagué (17,8%), Pasto (14%) y Pereira (13,4%). La rural, mientras tanto, fue de 8,6%, dos décimas menos que en julio de 2007.

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