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Paraco alado

Armando Montenegro
05 de septiembre de 2008 – 10:27 p. m.

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MUY TEMPRANO SE DEFINIÓ EL CURso de su existencia. En su niñez, cuando sus padres fueron asesinados en su presencia (su padre, en vano, se defendió a balazos), encontró su destino: vengarse del crimen en nombre de la justicia. Su vida tendría dos facetas: una pública, en la cual se mostraba como un magnate dedicado a la filantropía; y la otra, la de verdad, clandestina e ilegal, dedicada a su lucha contra el mal.

Su visión del bien y el mal no admitía ambigüedades ni matices. Nunca dudó de quiénes debían ser sus víctimas; siempre supo quiénes eran sus aliados. Su ética se alimentaba del resentimiento, y éste de aquélla. Sus métodos de lucha eran costosos. Eran para ricos.

Ya que reinaban el crimen y la inseguridad, sus acciones fueron aplaudidas, requeridas y apoyadas por la comunidad entera. Era imposible que las autoridades, por sí solas, impusieran el orden. Se consideraba que la autodefensa y la violencia de estos vigilantes era el precio que la sociedad debía pagar por la tranquilidad y la confianza de los inversionistas. Nuestro personaje recibió información y estímulo de los organismos de policía e inteligencia. Varias veces adelantó con ellos exitosas operaciones conjuntas. Su ejemplo fue imitado por otros que también impusieron justicia por sus propias manos. Por momentos esta alianza produjo el milagro del orden y la seguridad.

Ésta es la esencia de la historia de Batman y de otros superhéroes: una mezcla de paramilitares, vigilantes y bandidos sociales. Sus ideas y principios son simples, nítidos, parecidos a los de la derecha fundamentalista. Estos personajes están muy activos en la época del terrorismo.

 El Caballero Negro, la más reciente película de Batman, un monumental éxito de taquilla, es el último capítulo de esta peculiar confrontación entre el bien y el mal. El Fiscal y Batman, las dos caras del “bien” —una legal y otra ilegal— se enfrentan al mal, el Guasón. Se trenzan en una lucha en la que todos pierden.

El Guasón, el agente del mal “puro”, sin agenda ni destino, quiere revelar la falsedad del orden establecido: se empeña en provocar que la sociedad acuda a lo ilegal (a los servicios de Batman y otros vigilantes) para mantener el orden y la justicia. Batman, por su parte, vive de otra mentira: quiere creer que su papel de redentor es transitorio; piensa que una vez derrote al Guasón, sus hazañas ya no serán necesarias; en ese momento podrá volver a la legalidad, y la sociedad gozará por fin la utopía del reino de la Ley y el estado de derecho (representado por la figura limpia y popular del Fiscal, Stanley Dent). Todos fracasan.

 Sometido a las tensiones desatadas por las tretas del Guasón, el Fiscal pierde la razón y se transforma en un asesino (“si un héroe no muere a tiempo termina convertido en villano”). Y Batman queda preso de sus contradicciones: acude a la mentira —se autoincrimina por los delitos del Fiscal— con el objeto de mantener una verdad conveniente: el prestigio de las instituciones de justicia. Prefiere que la sociedad piense que él mismo es un bandido, para que se mantenga la idea de que en Ciudad Gótica impera la Ley.

Al final, el Caballero de la Noche no puede salir de la ilegalidad. Y la sociedad no puede dejar de depender de sus acciones violentas contra los malos. El crimen es necesario para combatir el crimen. Tanto él como Ciudad Gótica terminan pareciéndose a los villanos que tanto combaten.

Sin duda Ciudad Gótica es un espejo tenebroso en el cual no quieren mirarse las sociedades modernas.

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